Cine

Araña: Andrés Wood se enreda

Por Paul Bazo

4 septiembre, 2019


Hace ocho años se estrenó Violeta Se Fue a los Cielos, el mismo tiempo que ha tardado en ponerse de nuevo tras las cámaras Andrés Wood para volver al cine. Si bien es cierto, durante ese periodo se encargó de dirigir dos series de calidad, como Ramona y Ecos del Desierto o producir otros productos televisivos como la fallida versión local de Pulseras Rojas y Mary y Mike. Por lo tanto, no se puede decir que no haya estado ocupado, aunque el famélico medio local del cine echaba de menos a uno de los escasos nombres reconocibles.

La carrera de Wood siempre se ha caracterizado por tratar de ser una radiografía bien del presente (la infravalorada La Buena Vida), o del pasado (Machuca) de Chile. Y, en general, el público le ha respondido bien. Desde la fundacional Historias de Fútbol hasta el éxito histórico de Machuca, en general, es un valor seguro a la hora de cortar entradas en la boletería.

Por eso no sorprende que en su nueva y, ciertamente, ambiciosa nueva película, Araña, se le sumase un gigante como 20th Century Fox, lo que le aseguraba una inversión importante en publicidad y buena colocación de copias en los complejos cinematográficos. Y así ha sido, aunque no parece que la respuesta del público esta vez sea calurosa.

Las razones pueden ser múltiples (infinidad de malas películas arrasan en taquilla) pero, simplemente la película no funciona casi a ningún nivel. La cinta se abre con una persecución que pretende ser febril pero no pasa de ser tosca y rodada con poca pericia. Pero ese no es su mayor defecto. Gerardo ha perseguido en su auto a un ladronzuelo callejero y, sin piedad, lo ejecuta aplastándolo contra una pared. Al salir del auto y ser cuestionado por la policía, la escena se encuentra llena de curiosos transeúntes que vitorean al vengador anónimo y lo graban con sus celulares. Como la vida misma, sí. Pero es tan obvio, tan poco sutil, tan groseramente subrayado que produce cierta vergüenza. Por desgracia esa escena marca el tono grueso, sin matices, del resto del metraje.

La película navega en entre dos tiempos. Por un lado el Chile pre golpe del 73 y por otro la actualidad. En ambos periodos seguimos a tres personajes en sus diferentes momentos vitales. Mientras que el trío protagonista en el pasado son miembros del grupo paramilitar Patria y Libertad, en la actualidad dos de ellos Inés y Justo, son un acaudalado matrimonio que pretende ocultar ese pasado de terroristas. El principal, Gerardo, sigue siendo un viejo patriota que aún quiere luchar por la pureza de la nación y más en tiempos de inmigración. Como planteamiento no puede ser más ejemplar.

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El problema es, como es obvio, el desarrollo. Los dos espacios temporales jamás parecen conversar en un desvencijado guión de Guillermo Calderón, más que de manera caprichosa. Los paralelismos que establece en una época y la otra son insuficientes y parece que se conforma con el sinuoso dibujo de las narices del personaje de Inés, interpretado en su juventud por la española María Valverde y en su periodo adulto por la argentina Mercedes Morán. No deja de ser extraño que se elija para el personaje dos actrices no locales, aunque una de ellas sea una maestra de la actuación como Morán. En el caso de María Valverde, toda su carrera parece una continua cuesta abajo desde su deslumbrante debut siendo adolescente en La Flaqueza del Bolchevique. El resto de los actores principales cumple.

Para el personaje de Justo, el esposo de Inés, los actores Gabriel Urzúa y Felipe Armas, hacen lo que pueden con un personaje pésimamente escrito, groseramente unidimensional, aunque tampoco su labor lo eleva, sobre todo en el caso de Urzúa. Por último, el personaje principal, Gerardo, en su juventud estará en manos de Pedro Fontaine, de indudable fotogenia, y en su versión senior a cargo de un Marcelo Alonso bajo kilos de maquillaje. Uno de los grandes problemas de la película viene de su interpretación. Aunque pretende ser profunda, serán casi de psicópata, las más de las veces estática, incapaz de transmitir lo mínimo, ni inquietud, ni sensación de peligro ni nada.

Esto se hace muy evidente en escenas que parecen planificadas como clímax del film y se queda en naderías bordeando el ridículo. Se refiere este cronista a los interrogatorios médicos para decidir si el estado psicológico de Gerardo está dentro de la normalidad o si, por el contrario, es un desequilibrado. Esos duelos entre Alonso y María Gracia Omegna muestran una preocupante incapacidad para la tensión. Planteados como réplicas, nada menos, de los de Hannibal Lecter y Clarice Starling. Vacíos de contenido, redundantes, impotentes a pesar de lo ampuloso del momento, acaban por convertirse en flácidos anticlímax.

Nunca entendemos las motivaciones de los personajes en su juventud por ser parte de un proyecto terrorista. ¿Por ser de familias ricas como en el caso de Inés y Justo? ¿Por ser genéticamente violento, en el caso de Gerardo?. Porque nunca entendemos qué los lleva a querer ser unos salvapatrias cualquiera. Sobre todo tras ver en pantalla que gran parte del metraje se va en un triángulo amoroso-sexual absolutamente ridículo. Las miradas fucker entre Inés y Gerardo provocaron al que esto escribe, tener que apartar la vista de la pantalla por pudor. Y las escenas sexuales sólo se entienden desde la gratuidad de mostrar la anatomía de María Valverde porque, una vez más, son meros subrayados de cosas mucho más que explicitadas constantemente.

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Algo más de interés tiene lo representado en la actualidad. Quizá el magnetismo de Mercedes Morán tiene que ver con esto. Constantemente tratando de tapar ese pasado tras la inesperada reaparición de Gerardo por el “incidente” de asesinar a un «flaite» y traer de nuevo a la primera plana el pasado terrorista de Justo e Inés que amenaza con desestabilizar e interferir en los negocios. Quizás fuera de Chile se acepte -o resulte verosímil- que si a una gran empresaria se le descubre un pasado fascista, colaborador con la dictadura o desestabilizador del gobierno de Allende, podría interferir en sus actividades empresariales. Pero tenemos ejemplos por docenas de fortunas hechas en la dictadura, de cargos de la misma, de ideólogos y ministros, militares acusados de crímenes atroces, reincorporados a la vida diaria y en cabeza de grandes negocios sin mayor problema. También en el Estado.

Hacia el final de Araña se quiere introducir un paralelismo con el pasado en 2019, con ese odio que pervive y renace en patriotas, ya que en las noticias de estos meses, hemos tenido varios ejemplos de estos tarados intelectuales de grupúsculos como el Movimiento Social Patriota o los ultraderechistas seguidores de Kast. Pero, una vez más, todo es tan explícito, tan poco sutil, tan obscenamente construido que la desconexión entre intenciones y resultados salta sobre uno como una rana y las buenas intenciones con la migración haitiana parece, como casi todo, forzado y gratuito. La escena final en la que al personaje de Inés le hacen un reportaje tipo revista Cosas y ella responde con banalidades, frases hechas y vacías, se convierte en paradójica metáfora de una película llena de gestos, de intenciones y de, supuestamente, estar narrando algo, y nada menos que un periodo oscuro de la Historia contemporánea de Chile, pero que tras la superficie no hay más que eso: vacío.

Técnicamente tampoco destacada en nada, ni en la reproducción de la época con multitud de plano cortos para no tener que mostrar reconstrucciones de calles o lugares, ni en una fotografía por momentos televisiva y sin contrastes.

Sin duda, un hecho tan relevante como el surgimiento y la actividad terrorista de Patria y Libertad se merece una película. Pero no ésta.

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