Cine

Dry Martina de Che Sandoval: Descorrer las cortinas

9 diciembre, 2018


Si hay algo que está incorporado a aquellos relatos que definen a mi generación cuarentona y para arriba, a esa herencia con la que venimos seteados de fábrica los de los ochenta hacia atrás, es que cargamos con la culpa y todos los coletazos que eso arrastra. Detenerse a explicar las razones de esto es innecesario, ya se ha ocupado bastante tiempo en apuntar esta característica identitaria con sus posibles causas -desde rutinas de humoristas en Viña hasta estudios de naturaleza sociológica-. Pedimos disculpas más de lo necesario, nos avergüenza el cuerpo que portamos, abrazamos la ebriedad como excusa para mostrar las cosas que realmente pensamos o para permitirnos la necesidad de ser imperfectos, inquisidores miramos todo lo que se nos cruza y que no se parece a lo que aprendimos en la escuela o en la vieja tele. La culpa es ese hábito tan triste que nos castiga desde un reto gratuito del jefe hasta en el sacarnos la polera en alguna playa un día de enero.

Dry Martina es la última película del realizador nacional, Che Sandoval, que con sus dos trabajos anteriores –Te creís la más linda (pero erís la más puta) [2009] y Soy mucho mejor que voh [2013]-, ha conseguido una importante audiencia que reconoce en su propuesta lucidez y un sello propio. Sandoval ha presentado filmes cuyo pulso se va descubriendo desde una encantadora sensación de espontaneidad, historias de personajes que aun malditos son capaces de conseguir una porción de nuestro cariño. Tanto Javier en ‘Te creís la más linda…’ como el Naza en ‘Soy mucho mejor que voh’, son sujetos cargados de desdén, de torpezas emocionales y miradas de mundo quizá patéticas, pero que por esas mis razones dan cuenta de nuestra naturaleza errática, imprecisa y por ello, capaz de conmovernos. Así mismo es como pasa ahora con Martina Andrade (con una Antonella Costa brillante) y su forma de encarar su vida.

Así es la historia: Martina es una cantante pop argentina que tuvo cierta popularidad en los noventa pero que ahora en su edad madura, lleva una carrera deslavada y más cercana a la nostalgia que al éxito. Rozando los 40 años, esta mujer sufre un profundo desencanto por el amor y en especial, por su sexualidad que está completamente trunca impidiéndole sentir deseo y placer sexual. Todo esto hasta que tras una presentación en un local de Buenos Aires conoce a Francisca (interpretada por una adorable Geraldine Neary), joven chilena fanática de su trabajo y convencidísima de que ella y Martina son hermanas. La acompaña César (Pedro Campos), quien tras algunos cruces de miradas, parecía devolverle a esta cantante aquella líbido perdida hace algún tiempo. Un viaje a Chile, paseos por la noche santiaguina y un suceder de encuentros, terminan por remecer el mundo íntimo y mustio de esta mujer.  

Y es en parte de esta galería de personajes en donde ese padecimiento llamado culpa, se desdibuja y reemplaza por la determinación, por la justa sintonía entre lo que se cree y siente y lo que finalmente se hace. Tanto Martina como Francisca transitan sus existencias, sus relaciones, fieles a lo que sus propias historias les han legado para bien y para mal. Eso brilla en el trabajo de Sandoval, porque cuando vemos la suma de capas tan disímiles con las que están configuradas las personalidades de estas mujeres, resulta imposible no ver las propias. Martina y Francisca habitan el desequilibrio, la búsqueda de afectos, el desprejuicio, la defensa a vivir su sexualidad libremente -parece un mal chiste que en la crítica hecha por un clásico medio escrito se defina a la protagonista como ninfómana!-, la fragilidad de ser humanos en tiempos difíciles.

Si eres de esas personas que quiere el cine de Sandoval por esa adictiva oscuridad tanto en sus personajes como en los contextos en que se desenvuelven, en esta última entrega esa variable desaparece en pos de una historia vertiginosa, de ritmo veloz, en que la hondura de sus protagonistas brilla -a pesar de sus orfandades emocionales- en una idea general mucho más luminosa que sombría y la verdad es que celebro esta decisión de Che, porque consigue una película que apuesta por sumar a nuevas audiencias con un relato fresco, diálogos cargados de humor y tal como nos tiene acostumbrados, con un puñado de personajes frágiles, erráticos y adorables en su profunda humanidad.

Y así como somos muchas y muchos los que a pesar de los años de vida seguimos llevando a cuestas grandes o pequeñas porciones de culpa, del mismo modo también somos testigos de nuevas energías, de discursividades que nos invitan al desparpajo y al error como piezas indisolubles de nuestra experiencia vital. Así como esos amantes en «La noche de los feos” de Benedetti que terminan descorriendo la cortina para verse desgraciados y felices, de la misma manera Martina con esa búsqueda por recuperar su humedad, distante del pudor, clara en lo que quiere a pesar de que sus triunfos artísticos más parezcan una foto vieja, con todo esto y más, ella logra recordarnos que la costumbre de estar vivos se pasa mejor cuando le hacemos caso a lo que realmente queremos. Así nomás. Sin culpa.

Dry Martina

Año: 2018

Duración: 99 min.

País: Chile

Dirección: Che Sandoval

Guión: Che Sandoval

Música: Gabriel Chwojnik, Slowkiss

Fotografía: Benjamín Echazarreta

Reparto: Antonella Costa, Patricio Contreras, Dindi Jane, Pedro Campos, Héctor Morales

Productora: Productora Forastero / Rizoma Films / Escuela de Cine de Chile / Cine Sur

9 diciembre, 2018

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