Cultura

Jordi Lloret sobre el libro ‘Matucana 19’: “El texto evoca un recuerdo colectivo en nosotros de que fue posible hacerlo”

24 abril, 2019


Con un lleno absoluto en el Centro Arte Alameda la noche de este martes 23 de abril, se realizó la presentación del libro “’Matucana 19′. El garage de la resistencia cultural 1985-1991”, de los autores Jordi Lloret, Alfonso Godoy y Rodrigo Araya.

El libro rescata el desarrollo del proyecto “Garage Internacional Matucana 19”, espacio ubicado en la comuna de Estación Central que albergó en plena dictadura de Pinochet hasta los albores de la transición a la democracia, a gran parte de la escena artística contracultural capitalina.

Testigo de performances, lecturas poéticas, tocatas, obras de teatro y acciones de arte, el “Garage Internacional Matucana 19” se conserva en la memoria como una trinchera necesaria y señera en el desarrollo libre de diferentes expresiones artísticas durante la dictadura militar, por lo tanto, este libro se convierte en un material valioso en tanto registro histórico de lo que sucedía en ese lugar como en un relato honesto de un periodo sombrío en nuestra historia reciente.

A pocas horas de la presentación del libro, nos respondió algunas preguntas el poeta, gestor cultural, periodista y uno de los autores del libro, Jordi Lloret. Como responsable del Garage durante esos años, su mirada es privilegiada en cuanto a la cercanía con el espacio y a todo ese desfile de creadoras y creadores que se presentó allí.

 

Jordi, ¿cuál es la sensación que a grandes rasgos te dejaron esos tiempos de Matucana 19?

Que fue un proceso orgánico, como si se tratara de un lugar al que llega un grupo de amigos. Nosotros frente a esa seudo cárcel que significaba la dictadura optamos por decir “oye, no nos gusta lo que hay en los quioscos. Inventemos una revista”. Cuando digo orgánico es porque recuperamos ese local que era familiar, lo pintamos y lo primero que pusimos fueron nueve mesas de ping pong y ahí se fue dando que una fiesta, que esto otro. Los más jóvenes, de la Contingencia Sicodélica dijeron “porqué no hacemos algunos murales”, de ahí la sensación que te comento, como si fuera un árbol.

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Mi sensación es de felicidad, aparte que el proceso fue bonito. No estaba la Coca Cola, no habían platas raras, habían solo 70 personas que se pusieron a trabajar. Pura autogestión.

 

¿Qué crees que se perdió y qué se ganó en este desarrollo de la escena cultural capitalina?

Siempre se pierde y se gana algo. Presentamos el libro en el Centro Arte Alameda y ahí ves como hay un trabajo que lleva la Roser (Fort, directora de este Centro) de 27 años haciendo resistencia cultural porque es un lugar en donde vemos películas que no se ven otros lados; existe una feria mapuche, hay un collage humano, hay un mestizaje que sigue vigente. Está la pintura en el MAVI, está el Centro Cultural La Moneda. Todo esto es algo que está vivo. También existe ahora mucha más tecnología, aunque ahora tenemos más plata en los bolsillos pero estamos en una especie de soledad electrónica.

Ahora bien, los chilenos somos rebuenos pa ver el vaso medio vacío. Tenemos la costumbre de quejarnos y claro, hay de dónde quejarse, pero creo que nosotros estábamos por otra cosa en ese momento.

 

¿Hay algún recuerdo particular de aquellos años que hayas vivido por esos años y que atesores en el tiempo?

Recuerdo cuando vino la Televisión Española y consideró al Garage como el mejor centro cultural, alternativo y no sé qué otras cosas de nuevas tribus en América Latina. Tras esa aparición, nos empezaron a llegar por primera vez algunos pesos, hablé con los Electro y se hizo una cita que se llamó ¡¡Alegarikouz!! -que es lo que podríamos gritar hoy que está el libro con vida- y que es como una expresión de alegría. Recuerdo que esa jornada estuvo repleta, fue muy hermosa.

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Y hay otras que son súper duras, como cuando amenazan a los actores y viene Superman (el actor estadounidense, Christopher Reeve) y está lleno y creo que si no pasó nada fue porque había una energía tal que, no sé, los pacos se corrieron pal lado de la Alameda. En esa circunstancia se juntaba gente más vinculada a lo político y ahí nosotros fuimos solidarios. Abrimos el local, estuvimos ahí, era una hueá insólita. Además el Christopher Reeve era un tipo súper simple. Pienso que esas cosas insólitas se logran cuando tu vas por algo y de pronto en el camino se te aparecen simplemente por esa misma decisión que tomaste. La cosa está en afirmarse y ayudarse entre los amigos.

 

¿Cuál crees que es la sensación que vibra dentro del texto?

El libro evoca un recuerdo colectivo en nosotros de que fue posible hacerlo.

24 abril, 2019

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