Cultura

King Crimson en Chile: Una historia llena de asombros

Por Carlos Montes

¿Qué fue lo último que viste y que nunca imaginaste que verías alguna vez? Una de las gracias que significa la experiencia vital es precisamente esa posibilidad de encontrarnos con el asombro sin siquiera haberlo intuido previamente. El asombro puede vestirse con miles de trajes, con el saco del espanto como cuando alguien a quien quieres decide quitarse la vida; puede vestirse colorido cuando descubres que esa persona te mira con los mismos ojos que tú; puede aparecer desnudo como cuando caminabas y escuchaste una canción que te voló la cabeza. Así pasa con el asombro.

Este sábado 12 y domingo 13 de octubre, se dio cita a un concierto que parecía imposible de concebir por el público chileno hasta su anuncio hace algunos meses atrás, King Crimson, la banda arcana del progresivo que con su primer disco, In the Court of the Crimson King, hace 50 años atrás, iniciaba una ruta sonora única, un amor por la vanguardia superior a cualquier estrechez estilística, también venía a celebrar con nosotros todos sus años de música. Esta vez el asombro se expresó en que bastó un poco más de una hora para agotar todos los tickets de la primera jornada.

La celebración (Parte I)

El Movistar Arena se llenaba de comensales ordenadamente. A medida que se acercaba la hora de inicio, los accesos sucedían fluidos, las butacas se ocupaban sin contratiempos, mientras la agrupación argentino-chilena, The Santiago Quintet, ofrecía su prolijo trabajo de guitarras acústicas enrevesadas, bellas en su complejidad, perfectas en la espera del primer show que Fripp y sus compañeros ofrecía en Chile.

Uno de los componentes sabrosos con los que cuenta esta gira de King Crimson -en la mayoría de los países- es la decisión de prohibir el registro de fotos y videos durante su presentación, ya sea con celulares o con otros dispositivos. Propuesto como una “recomendación” con carácter irrenunciable, la medida vista en perspectiva -y más aún desde la óptica de admiración por la obra de los ingleses-, se asume sin resistencias y personalmente se incorpora como una invitación a ser parte de la experiencia con la menor presencia de distractores, así como cualquier ritual.

El formato King Crimson que se presenta en este Celebration Tour, lo componen siete músicos y que tres de ellos interpreten batería parece otra confirmación de ese espíritu avezado e inquieto que brilla tanto en sus canciones como en la manera en que las han interpretado por cinco décadas.

Tres baterías dispuestas delante del escenario, montadas por Pat Mastelotto, Jeremy Stacey -quien además es responsable de unos teclados instalados a su izquierda- y Gavin Harrison, arrancan la noche con un devaneo de pericias rítmicas, juntas, separadas, cruzadas, en sincronía. Así como la avanzada de las vanguardias en las guerras eran el primer pecho ante el enemigo, situar a estos tres instrumentos en ese lugar -desarmando la disposición convencional que los pone al fondo- sucedía como una afrenta al lugar común, en completa coherencia con la naturaleza desobediente que define a estos históricos.

‘Neurotica’ del disco Beat, pone en acción a los músicos restantes que figuran en la parte posterior sobre una pequeña tarima. Mel Collins en vientos, Tony Levin en bajo, contrabajo y stick, Jakko Jakszyk en voz y guitarra y corona esa segunda línea, Robert Fripp, guitarra, cerebro y alma indivisible del proyecto King Crimson, sin duda, una de las agrupaciones más longevas, influyentes y lúcidas dentro de la historia de la música popular de occidente.

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La noche en el recinto del Parque O’Higgins sucedió como un correr de permanentes asombros. Por la nostalgia, por la admiración a su grandeza técnica e interpretativa, por la sobriedad de su puesta en escena, las razones de tanto asombro podían venir desde cualquier lugar. Cómo no rendirse al cabeceo de la portentosa ‘Pictures of City’, díscola en sus quiebres rítmicos, esta canción del In the wake of Poseidon logró que miles de esos presentes intentáramos seguir correctamente cada segundo de su perfecta demencia; la sensación de pequeñez es inevitable cuando suena la canción que da nombre al disco debut de los ingleses, gigante, épica, con espíritu de himno, jugando con la dinámica entre la dulce voz de Jakszyk y ataques grandilocuentes de la banda cuando suena la sentencia ‘In the court of the Crimson King’; cómo no asombrarse cuando se oye la instrumental ‘Red’, filuda, sombría, corrosiva si se quiere, esta canción que abre el disco homónimo de 1974, corría ante nosotros queriendo despertar nuestros componentes incendiarios, esa parte subversiva que casi siempre mantenemos amarrada en alguna parte.

La intrincada ‘Indiscipline’ cierra la primera parte del concierto, una primera parte en que King Crimson propuso un show descollante, capaz de hacernos llorar como de ponernos de pie para aplaudirlos, perfecta en la suma de sus partes, así como muchos lo imaginamos en algún momento de nuestra propias historias.

La celebración (Parte II)

Veinte minutos separan los dos momentos del concierto de los británicos. Al parecer, la cláusula de no hacer registros de la presentación no fue problema para el público y algunos aprovechan este intermedio para fotografiar el escenario y a ese Movistar Arena completamente lleno.

Una pareja de amigos entusiasta comenta las sensaciones de esta primera parte. Uno confesaba que tenía algo de sospechas por el resultado de un en vivo con este formato atrevido que propone tres baterías y en la primera línea. “Las baterías me dejaron calladito. La cagaron para secos”, concluía comentando su experiencia, rendido al asombro de otro nuevo riesgo asumido por el brillante Robert Fripp.

Abre el segundo tiempo la sofisticación de ‘Cirkus’, canción que inicia el tercer disco de King Crimson, Lizard. Veleidosa en sus movimientos, dramática en su impronta, esta canción arranca con Jakko cantando desde la fragilidad para que luego sus compañeros lo acompañen con un relato sonoro de caos controlado, provocador, así como una pequeña escena teatral.

Nunca termina de sorprender cuando repasas con la vista a estos siete músicos y te das cuenta que ese caballero del rincón, menudo, casi inmóvil, sea el responsable haber creado este proyecto tan señero, ver a Fripp en escena rendido a su oficio sin hacer concesiones con algún recurso efectista o impostado, conmueve tanto por su resultado en canciones como por la inagotable coherencia con la que actúa, coherencia con sus sombras y con sus luces.

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‘Level Five’ del The Power to Believe y ‘The ConstrucKtion of Light’ del álbum del mismo nombre -los dos últimos discos de la banda con temas originales-, muestran al septeto como una máquina impecable, atronadora, avanzando sólida entre polirritmias, unidades musicales que suceden perfectas como bucles y una dimensión armónica que consigue vestir al virtuosismo y a la técnica con los colores de la emoción.

Queda poco para que concluya el concierto y pienso en tres canciones, rotundas las tres, imposibles de omitir en este setlist: ‘Epitaph’, sentida, enquistada en la memoria con la potente interpretación del Greg Lake, en esta ocasión abría el momento más conmovedor de toda la jornada, porque si hay algo que esta canción ha conseguido en sus 50 años de vida es precisamente estremecer por su profundo lirismo y su sentida musicalidad.

‘Starless’ es un caso aparte, para mucha gente la mejor canción de todo el repertorio de este grupo. Conformada por tres momentos, este tema que cierra el disco Red, representa mucho de la naturaleza global de este proyecto, una primera sección en clave balada que tenía a todo el público entonando los versos “Sundown dazzling day / gold through my eyes” o tarareando la inolvidable línea del saxo de Collins; luego una sección sesuda, matemática y en progresión a través de la guitarra de Jakszyky, la de Fripp y el bajo de Levin, avanzando siempre en urgencia y dinámica hasta coronarse con una tercera sección en que el free jazz lo domina todo, quince minutos de música con el escenario iluminado por un rojo intenso. El recinto de Santiago Centro se venía abajo en aplausos y gritos con un público conmovido, muchos secándose las lágrimas desde el asombro por haber visto en vivo una de las piezas más hermosas del cancionero rock del mundo.

La tripleta se cierra con quizás la canción más popular masivamente que tuvo la banda en sus 50 años: ‘21st century schizoid man’. Coreada por todo el Arena, ejecutada con la virtud de siete músicos que brillan tanto en sus individualidades como en colectivo, incluso esta canción se permite unos minutos de un solo perfecto de la batería de Gavin Harrison, como terminando de confirmar en los asistentes que todo lo que pensábamos sobre King Crimson era tanto o mucho más.

Tony Levin cumple con lo señalado por la producción al comienzo del espectáculo, saca su cámara de fotos y nos fotografía a los asistentes, momento que anuncia que nosotros también podemos hacer nuestros registros a la banda en la despedida, despedida de una presentación impecable, arrolladora, en donde estoy seguro que la regla de “no fotos ni videos” resultó ser una minucia y que la mejor manera de ver a King Crimson por primera vez en vivo era sin intermediarios, solo conectados por la admiración y el asombro.

16 octubre, 2019

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