Cultura

La Casa de Papel: Orgullosa de su intrascendencia

24 julio, 2019


Por Paul Bazo

La historia de La Casa de Papel no deja de ser curiosa. Cuando se estrenó en España en 2017 no se puede decir que levantase grandes pasiones. Repasando las audiencias no le da para ser una de las 15 series locales más vistas en su canal original, Antena 3. Tampoco es que tuviera una presencia arrolladora en los numerosos premios televisivos de la temporada ni que generase un culto en sus seguidores a la altura de otras series hispanas como pasó con Vis a Vis o, sobre todo, El Ministerio del Tiempo. Pero algo debieron ver los ejecutivos de Netflix para no sólo comprarla, sino remontarla en capítulos más cortos (la duración original es de 70 minutos) que evitaban fatiga en el espectador. Eso y ponerle uno de los títulos más idiotas imaginables: Money Heist. O sea, Robo de dinero.

El resultado fue ampliamente divulgado: la serie en idioma no inglés más vista en la historia de la plataforma y un fenómeno internacional con consecuencias sociológicas imprevistas. A la manera de la máscara de Guy Fawkes, la de Dalí usada por los atracadores de La Casa de Papel, se convierte en un símbolo de contrapoder y se han visto en protestas en lugares como Buenos Aires, Grecia o Italia. Tal es su impacto que en Francia, versiones del himno antifascista italiano ‘Bella Ciao’, leitmotiv en el desarrollo de los episodios, logró entrar en la lista de ventas, nada menos que en el quinto lugar.

Pero lo que mide el auténtico éxito de una serie es la capacidad para generar conversación. Y si algo ha podido comprobar cualquiera con redes sociales, es el nivel de conversación que generaron las dos primeras temporadas de los atracadores de la Casa de Moneda y Timbre. Tanto que, como es habitual, con el paso de las semanas, y aún más, de los meses se generó el efecto contrario y la intelligentsia decretó que era un entretenimiento banal y un poco estúpido. Y era cierto. Porque la serie era eso. Y tampoco pretendía otra cosa.

Desde hace unos años ha salido una clase de espectador televisivo que habla de las series como si fuese alta cultura y, por la propia naturaleza del medio, eso es, virtualmente imposible y altamente improbable. La televisión es un medio concebido como entretenimiento y su lenguaje está altamente condicionado por ello, por la necesidad de la serialización, del relleno, de la necesidad de contentar a los potenciales clientes, de pensar en las posibles siguientes temporadas.

Viendo las series que compiten por el título de las mejores, muchas de ellas palidecen en profundidad, ambición, medios y, por supuesto, personalidad autoral frente a docenas, cientos de películas, la mayoría de ellas que no buscan pomposamente el título de mejor de la temporada o, hiperbólicamente, la mejor de la historia. ¿Alguien recuerda el revuelo en medios y espectadores por un plano secuencia de 10 minutos en la primera temporada de True Detective?. Un plano secuencia que no se acerca, ni de lejos, a la fuerza narrativa del de Orson Welles al inicio de Touch of Evil, ni a la belleza y filigrana técnica del reciente que contenía la película Long Day’s Journey Into Night de Bi Gan. Un plano secuencia de una hora. Y en 3D.

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La supuesta complejidad de personajes en House of Cards o los conflictos adultos en Big Little Lies parecerían pataletas de niños ante las reflexiones de un Bergman, Altman o Bresson. Todo el reflejo de la época y las relaciones sociales y personales de Mad Men que necesitaron siete temporadas para darle un final, los resume de manera mucho más contundente en menos de dos horas Sam Mendes en la excelsa Revolutionary Road. ¿No es Killing Eve simplemente un divertido, pero rutinario, thriller de los que se han visto en el cine docenas y docenas?. Y no, no me vale el ejemplo de David Lynch, Chris Morris o Alan Clarke, porque son las excepciones.

¿Es esto un desprecio al medio? No, es un reflejo de sus características, de que ha tenido que adaptar un lenguaje ajeno (el del cine) a su propio medio y eso lo constriñe para alcanzar cotas superiores. ¿Dónde la televisión ha encontrado un nuevo lenguaje?. En algunas formas de comedia (no precisamente algunas de las más celebradas como The Office, Parks and Recreation o Master of None, todas ellas pálidas copias del universo alleniano) y, sobre todo, en la animación, cuya edad de oro actual nunca trató de emular las formas de su hermano mayor, sino que su evolución ha venido dentro del propio medio, fijándose en Chuck Jones, Tex Avery, Bob Camplett o, incluso, la animación experimental salida de la National Film Board of Canada.

Por eso es divertido, pero poco sorprendente, ver el desdén que van generado algunas obras populares del medio popular por excelencia que es la televisión, a medida que va pasando su punto álgido de fama. Cuando se masifica y habla de ella nuestra madre y nuestra tía del pueblo. Como si la televisión, no fuera por excelencia, el medio para todos. Vale para Juego de Tronos, vale para Lost y vale, por supuesto, para La Casa de Papel.

La temporada tres de esta serie tiene trampa, pero no la desvelaremos por los pesados de los spoilers (otra deriva tóxica de la conversación televisiva). Pero hay que fijarse en otras cosas. La primera el nivel de producción. Es probable que haya habido un presupuesto similar para 8 episodios de apenas 50 minutos, que los 15 de más de 70 en su temporada original. El dinero se ve y se escucha, con montones de canciones reconocibles, cuando en los primeros episodios era todo música de stock de librería y canciones hechas para la ocasión.

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El pulso narrativo sigue ahí, no en vano la dirección está en manos de directores tan solventes como Jesús Colmenar o Koldo Serra. Sin duda, el aval del éxito planetario ha llenado de valor a sus creadores y al amplio equipo de guionistas que no han dudado en jugar una carta que considero esencial: el no temer a hacer el ridículo.

La televisión no anglosajona ha sido históricamente acomplejada, porque sabía que el presupuesto de una temporada era el que se gastaban en hojas de papel en una serie policiaca de quinta en la industria norteamericana. Y, por eso, por no quedar en evidencia, se evitaba lo épico, lo que en pantalla pudiera quedar ridículo (explosiones, accidentes) y, sobre todo, cosas que pudieran chirriar. Por ejemplo, masas jaleando a los protagonistas. Eso, sobre el papel, es ridículo. Filmado es ridículo. Visto es ridículo. Pero, a la vez, es una convención. Una convención que todos aceptamos, siempre que no sea en calles de Santiago, de Marsella, de Milán o de Madrid, como en este caso.

Detalles como ese, o que no tengan pudor en un transparente engaño como que este nuevo golpe, esta vez al Banco de España, esté filmado en los reconocibles exteriores de Nuevos Ministerios. En la primera temporada el robo a la supuesta Fábrica Nacional de Moneda y Timbre (la citada Casa de Papel), se rodó sin pudor alguno en exteriores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Y no pasó nada porque sus autores confiaban en la suspensión de incredulidad por tener un producto competente. Y porque se han criado con una televisión en la que lo inverosímil o lo falseado daba un poco igual. Multitud de series norteamericanas se ruedan en Canadá como si fueran las calles de cualquier ciudad estadounidense. Por no hablar de cómo usan, sin vergüenza, cualquier localización miserable para decir que están en una capital latinoamericana. Y no pasa nada. Esto va de otra cosa.

Las mayores fortalezas de esta tercera temporada vienen, además de la seguridad en lo que están haciendo, del personaje de Nairobi interpretado por una exultante Alba Flores, sin duda el personaje más interesante de todos (mucho más que la supuesta protagonista Tokio a manos de Úrsula Corberó) o del El Profesor del que, rutinariamente, sabemos que siempre dará la vuelta a la iniciativa policiaca. También interesante la introducción del personaje Palermo interpretado con jolgorio por el argentino Rodrigo de la Serna, que entiende que no está haciendo Shakespeare, sino un entretenimiento con un punto de delirio.

Pero, por encima de todo, su gran triunfo es sacarse de encima complejos, hablar de las llamadas “cloacas del estado” (representadas por la inspectora Sierra interpretada Najwa Nimri, especializada en poner mal cuerpo al espectador, como su personaje en Vis a Vis), no tener miedo a escenas ridículas, y dar todo lo que se espera de ella: una diversión intrascendente para ver en un par de días. Y a por otra.

24 julio, 2019

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