Cine

Todo lo que está bien en Booksmart (y está mal en Euphoria)

Por Paul Bazo

13 agosto, 2019


De manera inesperada estamos viviendo una era dorada en el género de películas de colegio o adolescentes. Mientras algunos siguen suspirando por el legado de John Hughes, florecen ficciones divertidas, empáticas, feministas y muy profundas.


Vivimos un momento de vibrantes ficciones adolescentes. Un género tan (mal)utilizado como ninguneado por menor, despreciado como escapista y visto como relleno del infinito sumidero de contenido de Netflix. Sin embargo, de vez en cuando aparecen películas o series que quedan por debajo del radar de la crítica más sesuda o de las películas evento de súper héroes con mucha más profundidad y honestidad que las que acaban arrasando en los Oscar.

La pasada semana se estrenó en Chile Booksmart con el horripilante e infame título de La Noche de las Nerds. El debut tras las cámaras de la actriz Olivia Wilde, sin hacer ruido, se ha convertido en una de las películas más estimulantes del año. Un acercamiento cariñoso, lleno de amor por sus criaturas, un par de estudiantes mateas que justo el día en que terminan el colegio deciden que, al fin, tienen derecho a dejar de lado los libros e ir a descubrir lo que han hecho el resto de sus compañeros, que las desprecian, durante su adolescencia: beber, drogarse y, si se puede, tener relaciones sexuales. ¿Suena tópico? ¿Una versión moderna de American Pie?. Pues nada lo es en esta cinta.

Para empezar, sus dos protagonistas no tratan de ser esos grises personajes que se esconden en las películas de colegio. No son las “populares”, pero tampoco son las “marginadas”. Ellas destacan por ser las más brillantes estudiantes y no se sienten marginadas por el desprecio de los demás, sino a salvo, porque ellas mismas son la medida de su realidad, no lo que los demás opinen de ellas.

El personaje de Amy, interpretado por Kaitlyn Dever, salió del armario un par de años antes y este dato que sería sobre lo que giraría la película media habitualmente, aquí no es más que un rasgo añadido a su personalidad, ni es importante, ni lo deja de ser: simplemente es. La odisea parte porque ella está enamorada de una compañera, Ryan, y la mejor amiga de Amy -Molly- la anima a intentar conquistarla en alguna de las fiesta post graduación que se celebrarán esa noche, antes de partir a la universidad.

Precisamente Molly, interpretada de manera bombástica por Beanie Feldstein, es el gran personaje del film, sin que esto signifique el que el resto no esté a la altura. Su carisma, su impresionante presencia en pantalla hace que cada aparición, cada réplica dicha a velocidad de vértigo, se convierta en un gozoso triunfo. Una película, que como muchas otras “películas de colegio” en los últimos tiempos, presenta un feminismo militante sin necesidad de subrayarlo, con chicas jóvenes conscientes de su poder, de su lugar en el mundo y de cómo construirlo, siempre acompañadas de otras como ellas. Todo en la película se siente real, creemos estar ante personajes que existen, a pesar de lo disparatada de la trama y de apuestas estéticas arriesgadas como la psicotrópica escena de animación que es mejor descubrir que describir.

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Por cierto, si de algo carece otra de las ficciones adolescentes del momento, la televisiva Euphoria, es de sensación de verdad. Una especia de glamurización de la chica mala y los adolescentes pasados de fiesta, como una versión posmoderna, cuica y plástica de Kids, no puede ocultar su construcción en cada escena. Es tan transparente a pesar de creerse más inteligente que el espectador, que más que empatía provoca rechazo por lo naif y tontorrón de sus intenciones y propuesta. Intuye este cronista que quiere ser provocadora y, quizá, lo sea si ya no cumples los 70 años.

La mayor parte del metraje lo único que consigue es una sensación de ya visto, de estética de videoclip anclada en los primeros dos mil, de personajes que pretenden ser rupturistas y nunca acaban de conseguir pasar de las dos dimensiones, nunca materializarse en seres con un mínimo de humanidad. La serie tiene tantos baches y está tan mal escrita que el personaje principal, el central alrededor del que gira toda la trama parece un secundario de su propio show. Zendaya, una actriz con presencia y belleza, hace lo que puede con el papel que le ha tocado en suerte, pero nunca alza el vuelo en este tropiezo de la casi siempre fiable HBO.

Euphoria

Por suerte, Booksmart no está sola. El año pasado nos deslumbró una de las películas que deberían acabar ocupando un lugar en el panteón de los grandes momentos de esta década que cerramos en unos meses. Eighth Grade, el debut del cómico Bo Burham, se sostiene en una sobrenatural interpretación de la prodigiosa Elsie Fisher, en un profundo estudio de las costumbres de la primera adolescencia y, sobre todo, en un amor por todos sus personajes que conmueven y emocionan. Las relaciones familiares en esa edad pueden ser complejas y tu padre puede hacerte quedar en ridículo frente a tus amigas, pero a la vez, podemos darnos cuenta que es muy buen padre y que lo queramos, aunque no nos comprenda del todo.

También ocurría en Lady Bird, otra gran película del paso a la madurez. La tensa relación madre e hija en esas edades, más allá de ser algo insalvable, se nos muestra como inevitable y hasta necesario. Aunque a veces la familia la has de construir fuera de casa, como ocurre en otra excelente muestra de cine adolescente reciente como es Mid 90s, el debut como director de Jonah Hill, igual que en Eighth Grade, elevando el conjunto por el profundo amor por todas las criaturas que pueblan sus imágenes (al contrario de Euphoria, a las que siempre se las mira desde arriba, nunca a la altura de los ojos).

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La lista se amplía, The Spectacular Now, The Myth of American Sleepover, Submarine, The Miseducation of Cameron Post, I am Simon, Blockers, Me and Earl and the Dying Girl, Diary of a Teenage Girl. O en películas fuera del reinado de los anglosajón, algunas tan fascinantes como Mustang, las diversas versiones de la serie noruega Skam o la metáfora adolescente en forma de terror como es la española Verónica.

En Chile, los tímidos intentos no han salido demasiado bien. Algunos ejemplos como Bichos Raros navegaban en la indefinición y, finalmente, en la indiferencia, y la webserie Psicóticas Inseguras, funciona más como un contenedor de ideas que como un resultado estimable, aunque el hecho de su existencia ya debería ser un motivo de celebración (y, si hubiera una industria local, ya se les habría ofrecido algo con un presupuesto más holgado).

También esta década nos ha dejado un par de grandiosas películas del director del que beben muchas (muchísimas) de las películas citadas, Richard Linklater. La revisitación de la fundacional Dazed and Confused en Everybody Wants Some!, y la odisea técnica de Boyhood lo convierten en el heredero de John Hughes de la generación MTV.

Y, precisamente, no se puede olvidar Band de Filles -titulada de manera oportunista para el mercado internacional como Girlhood- en la que una escena en la que suena ‘Diamonds’ de Rihanna quedará para siempre en la retina del que la vea. Una escena que sintetiza todo lo que está mal en Euphoria.

El uso de una canción tan popular para mostrar la empatía, la energía que comparten sus personajes, la unión y felicidad por ser amigas y disfrutar de ese instante que han construido para ellas, al margen de otros, de adultos, de los hombres, del colegio, de las obligaciones. Una escena dirigida con maestría por la francesa Céline Sciamma que, sobre el papel podría ser un añadido videoclip como los que pueblan cada cinco minutos Euphoria. Sólo el talento y sensibilidad de la directora convierten un sencillo pero a la vez arriesgado zoom de medio minuto sobre el rostro de la protagonista, justo antes de que esta se una a su amigas para bailar Rihanna, en un mágico momento en el que al espectador se le saltan las lágrimas sin tener claro el motivo.

Así que, este rápido recordatorio de que hay mucha, muchísima vida más allá de las fantasías colegiales ruinosas protagonizadas por Noah Centineo para Netflix (aunque entre ellas esté la estimable To All The Boys I Loved Before), debería servir para no estar en un bucle melancólico de grandes películas del pasado, sí, como Pretty in Pink, Mean Girls, Clueless o series inolvidables como The Wonder Years, sino mirar el espléndido presente del género en el que actualmente estamos.

Por Paul Bazo

13 agosto, 2019

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