Cultura

Cinthia Santibáñez de Crisálida: «Prefiero estos últimos años de mi vida»

29 julio, 2019


“Estoy más feliz que nunca. Estoy concentrada en crear crear crear, hacer hacer hacer”, dice Cinthia Santibáñez, la voz de Crisálida, una de las bandas fundamentales de metal progresivo del panorama local, con 22 años de carrera.


Es la mañana de un jueves de julio en Santiago y en una sala de ensayo de la calle Serrano, Cinthia espera que lleguen sus primeros alumnos a los que hace clases de canto. Capea el frío con un té y comenta que el rango etario de sus estudiantes comprende entre los 13 y los 82 años, dato que la llena de orgullo porque de algún modo confirma la confianza que logra su trabajo en las personas.

La Cinthia Santibáñez profesora convive a la par con la que es artista, ambas porciones conectadas por el músculo de la música y ambas unidas con su infancia y juventud en Antofagasta. Papá profesor y “músico frustrado” más su mamá dueña de casa, fueron los responsables de su crianza junto a sus dos hermanas, en un tiempo que ella describe como una época triste producto de muchos factores entre ellos la pobreza, la dictadura y la imagen de un papá rendido al rigor de mantener económicamente a una familia mientras ve diluirse sus ganas de dedicarse a la música.

Mi viejo no quería por ningún motivo que me dedicara a cantar, que me dedicara a la música

Para Cinthia el canto fue la primera y única opción desde muy niña. “Me acuerdo cuando con cuatro años mi mamá me lavaba el pelo y yo estaba cantando o cuando iba sentada en una micro junto a mi papá, pegaba mi cara a la ventana y cantaba despacito todo el viaje”, comenta mientras empiezan a llegar los primeros alumnos a la sala.

Su primera vez en un escenario fue cursando quinto básico. Con diez años conoció ese vértigo que sucede cuando le muestras a una audiencia lo que mejor te sale, lo que más te gusta hacer. Pieza clave para que pasara esto fue un profe de música, Orlando Vargas, él fue el responsable de convencer a su papá que la dejara cantar porque según Cinthia, “mi viejo no quería por ningún motivo que me dedicara a cantar, que me dedicara a la música”. Quizá ese mismo freno paternal deshecho gracias a las gestiones de este profe que “era como los de antaño que se involucraban hasta el fondo con sus alumnos”, fue una suerte de primer triunfo en su carrera como música, el primero y suficiente para seguir creyendo que cantar era su vida.

Liberaciones 

Muchos de los comentarios de Santibáñez cuando mira atrás revisitando sus años de niña y adolescente están llenos de incomodidad, de amarga incomprensión. “En la básica y en la media yo era la rara entre mis compañeros”, porque le gustaba Maiden en tiempos en que el metal era un exotismo reservado para los varones o simplemente porque esa “música de hombres” hizo que su círculo íntimo lo completaran esos mismos cabros y con ellos compartiera su doméstico teenager.

En la básica y en la media yo era la rara entre mis compañeros

Se alcanza a escuchar la voz de uno de sus alumnos tras la puerta de la sala, un chiquillo de veintitantos haciendo los ejercicios que Cinthia le indicó y esa misma escena la utiliza para defender su resistencia a la idealización del tiempo ido.

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“¿Te acordai cuando en el liceo había que llevar a la clase de biología un animal para diseccionarlo? Era una experiencia terrible, la peor de todas. Cuando estaba en primero medio me mandé una cagá que significó cuatro años de bullying en el colegio”. Eufórica, detalla las escenas de su atentado en esa comunidad escolar ochentera y de provincia.

“Había llegado todo el curso con los animales para la clase y minutos antes de que empezara, me metí a la sala en donde estaban y empecé a liberar a varios de ellos. No alcancé a todos. Cuando cachó la profesora quedó la media cagá”. Mientras comparte esta vieja escena en detalle, Cinthia parece poner más énfasis en frases como “siempre he sido animalista”, “para ellos la loca era yo”, “ellos creían que estaban bien”, “había que puro liberarlos”.

Después de este acto guerrilla no pasó mucho tiempo para que tras una temporada formándose en el conservatorio de música de la ciudad mientras cuidaba cabros chicos del barrio para ganar algo de plata, tomara uno de esos riesgos que salen casi sin querer: viajar a Santiago a estudiar en la Escuela Moderna, solo con cinco lucas, sin contactos, sin trabajo, sin casa, solo con lo puesto pero con lo justo para empezar su propia liberación.

No quiero morir aquí: Crisálida

Es 1995 y Cinthia llega a la capital. “Yo no sé cómo hice esa jugada de venirme. No sé dónde saqué tanta valentía”, confiesa aún asombrada a pesar de todos los años que lleva en el oficio de la música. Trabajando en una tienda de música en calle Merced, de principio incluso durmiendo en ese mismo local, esta música rememora orgullosa aquellos tiempos de pellejerías, de descubrimientos en una ciudad en donde era visita pero por sobre todo, en tiempos en que el rock más filudo era un espacio groseramente sectario y reservado para machos chascones.

Yo era súper ñoña, súper cortá y cuando lo pienso, de verdad que por esos años era súper atípica mi presencia en esa esa incipiente escena del metal y del progresivo comandado por puros hombres

Una reconocida tienda de instrumentos musicales fue el contexto en donde Santibáñez conoce al músico Rodrigo Sánchez. Por esos años baterista de Total Mosh, banda con una presencia importante dentro del circuito metalero nacional -no es antojadizo que en 1998 abriera el concierto de Pantera en Chile-, Sánchez sintonizó con esta joven iniciando una amistad inquieta y creativa que dio origen al grupo Crisálida.

Para Cinthia, formar el proyecto Crisálida junto a su amigo Rodrigo -quien posteriormente se convertiría en su pareja-, fue la mejor prueba de que su anhelo primario por dedicar su vida a la música seguía indemne, a pesar de que todavía cargaba con los daños que le dejó su tránsito escolar entre precariedades, prejuicios y soledad. Con Crisálida, Cinthia fue capaz de echarse al bolsillo muchos de sus pudores y dedicarse sin miramientos a lo que realmente quería hacer. Cuando relata ese tiempo se ríe porque todavía le sorprende todo el arrojo que tuvo. “Yo era súper ñoña, súper cortá y cuando lo pienso, de verdad que por esos años era súper atípica mi presencia en esa esa incipiente escena del metal y del progresivo comandado por puros hombres”.

Estoy más feliz que nunca. Estoy concentrada en crear crear crear, hacer hacer hacer

En este juego de la memoria, se detiene y menciona dos nombres que cree determinantes en la historia de su banda y a los que agradecerá siempre: Alfredo Lewin y Rolando Ramos. “Alfredo y Rolo fueron los primeros que escucharon nuestras canciones, los primeros que nos dijeron que nuestra música era la raja, los primeros que usaron sus tribunas para entrevistarnos y mostrar nuestras canciones”, comenta agradecida, mientras espera que llegue una de sus alumnas a clase.

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El mejor tiempo, este tiempo

Cinthia cumplió 46 años hace pocos días. Mamá de una chica de 16 y de un joven de 18, sus días los transita como profesora de canto en distintos lugares y liderando una de las bandas de metal progresivo fundamentales dentro de la escena local. Con veinte años de historia, muchas giras en el cuerpo y el reconocimiento de su obra tanto por la crítica como por las audiencias, Santibáñez confiesa que hace muy poco asumió la relevancia de su trabajo en el imaginario cultural chileno.

“Siendo súper sincera, creo que el momento exacto en donde sentí que éramos una banda consolidada fue cuando tocamos en el castillo en el Festival Rock the Coast en España. Compartiendo cartel con bandas como Opeth, Mayhem o Dark Tranquility, me subo al escenario descalza y sentí que éramos los guerreros conquistando ese lugar, al revés de como sucedió en nuestra historia”.

Prefiero estos últimos años de mi vida

Otra razón que apuntala en esta artista su sensación de que corren buenos tiempos es la caída de instituciones nefastas como la iglesia católica a quien considera “como la principal responsable de la instalación del machismo en nuestro continente”. Cinthia apunta a la maquinaria de la conquista española con su componente cristiano como el momento en donde se arrasan todas las cosmovisiones propias de Latinoamérica -como la dimensión matriarcal del pueblo mapuche- imponiendo sus lógicas castizas, violentas y sobre todo, aniquiladoras de la trascendencia de las mujeres en el mapa social.

Coda

Cinthia insiste en decir que este es su mejor tiempo. «Prefiero estos últimos años de mi vida», declara como si ninguna partícula en ella extrañe los tiempos pasados o abrace la nostalgia. “Estoy más feliz que nunca. Estoy concentrada en crear crear crear, hacer hacer hacer”, afirma con la voz arriba mientras acomoda su pelo largo para continuar esta declaración, diciendo que le encantaría que todas las mujeres y especialmente esas mujeres adultas, esas madres que se acercan a los cuarenta sintiendo que ya no alcanzaron a dedicarse a la danza o a hacer canciones o a escribir cuentos, olviden todas las herencias castradoras y entiendan de una vez por todas que «la mejor vejez es esa que se vive haciendo por fin lo que una realmente quiere hacer”.

29 julio, 2019

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