Cultura

Diego Lorenzini: «Compositor que arranca sirve para otra canción»

5 julio, 2019


Diego Lorenzini es de esos creadores que logras ver en cada uno de sus trabajos. Su estética y su mensaje es fácil de reconocer en su música, en sus letras, en sus dibujos e ilustraciones e incluso, en las formas que tiene de hacer escena creativa en los tiempos actuales.

Músico, artista visual, fundador del sello Uva Robot en 2011, Lorenzini lanzó hace muy poco su último sencillo, ‘Sí Po»y eso fue nuestra excusa perfecta para abordarlo, preguntarle acerca de su vida y de cómo configura su ejercicio creativo. A pesar de que Diego por estos días se encuentra en Barcelona, no nos amilanamos. Conversamos con él a distancia y esto fue lo que nos contó.

Foto: Geraldine Pacheco

—¿Cómo sucede el ejercicio de componer? ¿Tienes algún método, protocolo o pasa así como de improviso?

En mi experiencia he descubierto que hay procesos en la composición que no se pueden controlar. A veces uno se demora poco y a veces uno se demora mucho en terminar una canción. Por lo mismo, mi método es dedicarle un tiempo todos los días a ordenar los apuntes narrativos y musicales que voy acumulando, en aquellos momentos inesperados en donde se me prende la ampolleta. Trato siempre de tener a mano un papel y un lápiz, generalmente los mismos que utilizo para dibujar, cosa de ir anotando las cosas que aparecen de improviso. A veces parecen ideas geniales cuando llegan y luego, cuando las reviso, son una bazofia o viceversa. En ese sentido, trato de ser ordenado y paciente en las etapas que puedo controlar para poder mantenerme ingenuo y dejar libre aquellos procesos que no puedo controlar.

En cuanto a la letra y a la música es parecido, a veces aparece primero la música y a veces es la letra la que aparece primero. No tengo un protocolo respecto a cuál es la gallina y cuál es el huevo en esos casos, pero sí trato de darle tiempo al estudio y a la edición de cuál va ser la forma en que ambos lenguajes -la música y la narración- se van a complementar, ya sea a través de una relación equivalente o por medio de otro tipo de relaciones más tensas al jugar con distintos niveles de contraste entre ellos.

—Y sobre la autoría, ¿qué hace que escribas o no sobre ciertos temas? ¿Piensas mucho sobre qué escribir?

Trato de escribir sobre lo que genuinamente me llama la atención. De todos modos, eso no significa que aquello de lo que escribo sea todo lo que genuinamente me llama la atención. Hay muchos temas que me atraen y me importan, pero que muy a mi pesar aún no he sido capaz de abordarlos a través de una canción sin perder la naturalidad que disfruto de las composiciones que me resuenan.

Me parece que la canción popular es un formato muy poderoso ya que todos estamos acostumbrados a ponerle atención a alguien diciendo algo durante 3 o 4 minutos. Cuánta atención le ponemos es relativo, pero si la canción te gusta es muy probable que recibas el mensaje con la guardia mucho más baja que al leer un poema, una novela, un artículo periodístico o un discurso político. Por lo mismo, uno tiene la posibilidad de hablar sobre cualquier tema sin la obligación de responder necesariamente a una expectativa en concreto.

Yo trabajo desde la noción que existen reggaetones tremendamente políticos así como también existe folclor profundamente sensual. Quizás no son temas particularmente abundantes para cada uno de esos géneros respectivamente, pero si una canción está bien trabajada y suena orgánica, nadie va a exigirle que hable de otra cosa que de lo que ya está hablando. Desde ese punto de vista intento ser variado y jugar con el significado de las canciones que compongo, pero soy consciente de que me falta mucho por aprender, por lo que cuando veo que al abordar un tema que me interesa éste se revela artificioso, prefiero no forzar o apurar el proceso. Quizás más adelante tendré otra oportunidad de abordarlo con más fortuna. En ese sentido sigo la filosofía de “compositor que arranca sirve para otra canción”.

Foto: Vicente Brogca

—Algo que brilla en tus textos es esa conexión con lo cotidiano, la posibilidad de cruzar el tema que sea con un lenguaje y un imaginario doméstico, ¿cómo trabajas esa característica?

Cuando comencé componiendo con la banda de música no-experimental VariosArtistas, mis letras eran más bien abstractas, pero siempre trataba de mantener un lenguaje doméstico para que la lejanía de los temas tuviese una manilla cercana desde donde agarrarlas. No fue algo demasiado consciente, pero en ese entonces me aburrían profundamente los textos que utilizaban palabras rimbombantes para justificar el coeficiente poético de una obra con fines más vanidosos que empáticos.

Del mismo modo, el componente abstracto de lo que escribía tampoco era necesariamente una elección de la que fuese consciente, de hecho, no lo hubiese definido así si no fuese por el comentario de un amigo poeta que me dijo que le gustaban mis canciones, especialmente por el hecho de que no se entendían ya que eran muy abstractas. Yo supongo que no lo dijo irónicamente, y que precisamente el hecho de que no se entendían era lo que más le gustaba, pero como él era poeta y siempre va a haber algo oculto en las palabras de los de su calaña, me encrespé con ese comentario. Nunca se lo dije, pero mientras trabajaba en las nuevas canciones que estaba haciendo en ese momento me imaginaba diciéndole: “¿así que mis canciones son abstractas? espérate no más que te voy a hacer unas canciones tan absurdamente explícitas que te voy a hacer sospechar de su significado”.

Lee también  ‘Texano’ de Cactus Andante: Regando una crónica marchita

Ahí fue cuando compuse canciones como ‘P.F.’, ‘Series Infantiles’ o ‘Baby Boomers’, que de tan directas me di el lujo de mencionar personas con nombre y apellido de mi niñez que nadie más, aparte de mis amigos cercanos o mi familia, tendría por qué conocer. Pero, sorprendentemente, estas referencias personales pasaron a ser un color o una sensación familiar para mucha gente que curiosamente, a pesar de lo evidentes y cotidianas que sonaban, terminaron leyéndolas de manera abstracta y universal.

Hoy por hoy (quizás mañana vuelva a cambiar de táctica) mi meta al utilizar alrededor del cotidiano es trabajar letras que parezcan improvisadas en el momento, pero que mágicamente contengan más de un significado a la vez. En cierta medida es el viejo truco del Caballo de Troya, en donde la superficie ingenua lo es precisamente para ocultar la corrosión narrativa que desparrama en cuanto la has dejado entrar.

—Pienso en otras y otros músicos en la actualidad que vienen del mundo de las artes visuales al igual que tú ¿Cuánto crees que hay de artes visuales en tus canciones y cuánto de música hay en tus dibujos? ¿es posible explicarse eso?

Supongo que en cierta medida es una ventaja. Yo estudié artes visuales porque quería hacer historietas y hasta el día de hoy no he publicado ninguna. Me imagino que a muchos músicos les debe pasar algo similar, que estudiaron composición y aún las canciones de su autoría no han visto la luz. Quizás tiene que ver con la presión que uno se auto infringe cuando trabaja en aquello para lo que se supone que es mejor. Más allá de ser artista visual o no, creo que a mí me ha ayudado no ser músico de formación ya que por lo mismo nunca le he tenido miedo a equivocarme o a encontrar resultados muy distintos a los que me esperaba cuando emprendí esa empresa. Quizás mi gran problema como autor de cómics es que aún no me desprendo de la imagen de “cómo” debería ser el cómic que debo hacer, y por lo mismo me paralizo cuando algo contradice mi esperanza formal.

Como cantautor, afortunadamente, eso siempre me dio lo mismo. Estoy seguro que mucha gente debe pensar que mi trabajo es tontón o simplón, pero eso me tiene bastante sin cuidado ya que nunca me armé una imagen muy concreta de un deber más inteligentón o sofisticadón. Aún así, creo que mi formación visual ha sido fundamental ya que he aprendido a valorar el dominio del oficio y el uso del error como herramientas de un trabajo que, aún cuando es sincero e íntimo, no tiene por qué ser administrado como un valor personal a proteger.

Quizás, es precisamente esa distancia propia de los artistas visuales, la que propicia autores más arriesgados que vienen de esa disciplina en el mundo de la música. En el fondo, porque si a alguien no le gusta lo que hacemos, no nos quita el sueño. Asimismo, hacer canciones no es muy distinto a hacer historietas en la medida en que ambos son oficios mixtos que complementan la narración con otro lenguaje. Por lo que entre contar una historia complementada con imágenes o contar una historia complementada con música, quizás no hay tanta diferencia. Por eso a veces es mejor rendirse ante el poder de la insolencia formal que cada uno encuentra en su propio “violín de Ingres”.

—¿Cuál crees que es el componente político que contienen tus canciones, tu música?

No lo tengo demasiado claro y claramente mi diagnóstico al respecto vendría muy de cerca como para ser tomado en serio. Pero lo que sí puedo decir, es que trato de aprovechar al máximo esos 3 o 4 minutos con los que cada canción cuenta para decir algo de los que hablaba anteriormente. Si bien ningún cantautor está obligado a nada, ya que la creatividad tiene la escandalosa particularidad de no tener que responder a ningún programa político o moral, me parece que el espacio de atención que una canción le da a un texto es un capital muy sabroso y que no me gustaría estar desaprovechando, ya sea con fines formales, poéticos, informativos, humorísticos y/o políticos.

Foto: Vicente Brogca

—Hablemos un poco de la música en Chile, ¿cuál es tu visión sobre lo que sucede creativamente en la escena musical local? ¿la ves con buenos ojos? ¿no tanto?

La veo con muy buenos ojos. Creo que el aumento de oportunidades para que gente se dedique a la música más o menos profesionalmente en Chile ha permitido que desaparezca la visión del músico como una persona especial y desconectada de la realidad. De ese modo, hacer música cada vez se parece más a tener un trabajo normal como cualquier otro. Hay excepciones supongo, pero la desaparición de ese pedestal permite la aparición de voces mucho más cercanas y honestas, que se refleja de manera muy estimulante en el aumento de la cantidad de gente chilena que disfruta la música local y que ya no espera que sus autores sean muy distintos a ellos. Me veo reflejado en muchos otros colegas que tienen aquella necesidad de hacer una música que sea chilena, no en términos chauvinistas, sino que en cuanto a su vernacularidad.

Lee también  Pascuala Ilabaca estrena colaboración junto a La Otra

Me parece tremendamente importante que quien escucha una canción pueda generar cercanía y pertenencia con aquello que le conmueve culturalmente, de manera tal en que el arte no sea sólo aquella luz lejana que sólo proyectan astros lejanos e inalcanzables, si no que también aquella linterna que te regaló quien vive en la casa de al lado. Precisamente, porque esta última la puedes tocar y hacer parte de tu cotidiano. No sé si esta es una buena metáfora, pero claramente la luz de una linterna sirve más que la de una estrella a la hora de mirar debajo de tu cama, a la hora de explorar el bosque que visitas en medio de la noche o, aprovechando que es una metáfora chilena, en medio de una catástrofe natural. En el fondo, cuando el arte no es tan distinto en su simpleza a lo que uno vive cotidianamente, por muy sofisticado que éste que sea en el fondo, permite que lo que uno vive cotidianamente pueda ser interpretado con códigos más desprejuiciados y creativos.

Al final, la cercanía en el arte perpetúa el juego en el día a día y eso es algo muy liberador culturalmente hablando. Veo esto claramente reflejado en mis compañeros en Uva Robot como Tiare Galaz de Niña Tormenta, Chini Ayarza de Chini and the Technicians, Julio Carrasco de Los Muebles o Rosario Alfonso, pero también lo veo en autores como Simón Campusano de Niños del Cerro, Antonio Duarte de Linares 9, Felipe Cadenasso de Matorral, Valentina Martinez de Los Valentina, Felipe Berríos de Bronko Yotte, Daniela Saldías de Dadalú, Doctor Pez de Solteronas en Escabeche, Natalia Vásquez de Mora Lucay, Camilo Morales de Frucola Frappé, Leo Jara y Gonzalo Molina de Saltador, Jota Ampuero de Técnicas Manuales, Cristóbal Briceño de Ases Falsos, o en canciones de autores tan disímiles como Luistófoles, Gepe, Camila Moreno, Gianluca, Princesa Alba, Chinoy, Paloma Mami, Seba Alfaro, Pedro Piedra, Alex Andwanter, Evelyn Cornejo, Rulo o Javiera Mena.

—Has comentado en entrevistas que una de las cosas que te gusta de hacer música es la posibilidad de trabajar con otras y otros y en tu trabajo hay muchos ejemplos de aquello. ¿Dónde crees que radica lo lindo de esta forma de trabajo? 

En muchos aspectos, hacer música es muy parecido a jugar fútbol. Digo fútbol porque es un deporte que practiqué mucho en su momento y que me permitió conocer la sensación de estar haciendo algo que siempre resulta ser mucho más grande que la suma de quienes lo están haciendo. Me imagino habrá otros deportes o juegos que logren suspender los intereses individuales de sus participantes a través de la colaboración, pero independiente de con qué se le compare, esa capacidad de ser parte de algo intrínsecamente colectivo es lo que más me atrae de la música.

Cuando las canciones te gustan, tocar en una banda, componer en conjunto, producir a otras personas, apoyar conciertos y/o gestionar festivales son, sin duda, experiencias en donde desaparecen las inquietudes personales y encuentras una satisfacción colectiva muy escasa en otro tipo de actividades. Por otro lado, pasar de ser un sujeto aislado a ser un órgano más de otra cosa es, aparte de emocionante, una muy buena manera de aprender sin darse cuenta. Suena raro, pero incluso cuando uno trabaja como solista no puede dejar de ser parte de un equipo, y tal como en el fútbol, independiente de si juegas bien o juegas mal, siempre vas a dejar de pensar por esos noventa minutos en las cuentas que tienes pagar, en lo solo que te sientes la mayor parte del tiempo, o en el hecho de que inevitablemente te vas a morir algún día y quizás nada de esto tenga sentido.

—Recientemente lanzaste el single ‘Sí Po’’. ¿Qué novedades hay sobre la salida de un próximo disco tanto solista como en alguno de tus otros proyectos?

‘Sí Po’’ es el tercer sencillo del nuevo disco solista que voy a publicar a finales de agosto de este año. El primer sencillo fue la cueca en clave trap lo-fi ‘Viva Chillán, Una Crueldad Innecesaria’ que publiqué para la fiestas patrias del año pasado, y el segundo fue ‘Billete de Luca’, el cual publiqué para el día de los enamorados a comienzos de este año. El título de este nuevo disco es De Algo hay Que Morir y aún tengo ganas de publicar un par de sencillos más antes de liberarlo completamente, para sacarle el jugo al material de a poquito.

Yo, en general, soy muy atarantado para mostrar lo que hago, siempre siento la necesidad de compartir mi trabajo lo más rápido posible para poder liberarme de esas canciones y así pasar a otra cosa, pero en esta ocasión creo que tiene sentido tomarse el tiempo para calentar la sopa del lanzamiento con anticipación, sin tener que recurrir a otros subterfugios que no sean las mismas canciones. Ya que ya las compuse ¿por qué no utilizarlas a su propio favor? Esto aprovechando que en este momento me encuentro en España y que volveré a Chile recién en octubre para presentarlo en vivo paralelamente a Persisten, el disco que acabamos de publicar con Tus Amigos Nuevos.

5 julio, 2019

Más actualidad