Entrevista

“Es la descripción de un turista”: La dura crítica a la producción de HBO del científico bielorruso que huyó de Chernóbil a Chile

23 junio, 2019


El doctor en física y matemático que trabajaba en Minsk al momento del desastre nuclear cuestiona la morbosidad de la aclamada miniserie de ficción. “¿Cómo puedes hacer algo tan comercial con una historia que duele a tanta gente?”, reprocha, al mismo tiempo que reconoce que su única virtud es haber puesto el tema otra vez en la palestra. Valeri Bubnovich llegó a Chile en 1990 y desde entonces visita su país cada año. En sus viajes ha confirmado la desinformación que sigue existiendo en torno a las consecuencias vigentes de la falla en el reactor número cuatro.


Valeri Bubnovich tenía 31 años cuando ocurrió el desastre en la central nuclear Vladimir Ilich Lenin, el 26 de abril de 1986. No se enteró de nada en esa madrugada: no hubo una sensación física. Los primeros indicios de la explosión aparecieron ante sus ojos al amanecer del día siguiente. Pero se hicieron evidentes para él cuatro días después, durante la marcha del Día del Trabajador, mientras caminaba por la calle junto a su hijo.

Por entonces el matemático bielorruso terminaba su doctorado en Física en la Academia de Ciencias de la República de Belarús, en Minsk, una ciudad a 400 kilómetros de Chernóbil. En su entorno los rumores sobre un acontecimiento preocupante aumentaban, pero Valeri confirmó que algo andaba mal cuando, en medio de la movilización, observó que la lluvia acumulaba una especie de líquido con espuma al borde del camino. “Era como el agua que sale de una lavadora con detergente”, describe.

Durante años ignoraron que esa lluvia radioactiva, 400 veces superior a la radiactividad que se liberó en Hiroshima, los expuso a diversas enfermedades y desencadenó una epidemia infantil de cáncer de tiroides. Nunca les entregaron un mapa que indicara la zona exacta de radiación ni les dieron indicios sobre el nivel de daño que llegarían a experimentar. Valeri cree que la población lo asumió en medio del shock porque no había otra alternativa: “Lo enfrentamos como algo que hay que superar, no lo dimensionábamos de ninguna manera. El desastre se ve mucho mejor cuando te alejas de allá. Ahí mismo, en el sitio, uno está preocupado de su familia, de sus hijos, de cosas de rutina”.

La información sobre el desastre se mantuvo oculta durante un largo tiempo. Bubnovich, actual académico del Departamento de Ingeniería Química de la Universidad de Santiago, asegura que el problema cotidiano más grave era tener que medir con un contador Geiger la radiación de los alimentos. Ante el poco dinero que manejaban en medio de la crisis, la única opción era comprar frutas y verduras en el mercado y arriesgarse.

“Estos alimentos venían del campo y estaban poco controlados, entonces lo comprabas y gratuitamente a través de esa máquina revisabas la radiación. Si empieza a sonar muy fuerte entonces obviamente no se puede consumir, pero ante el sonido intermedio no sabías qué hacer. Daba lata no comer y por otro lado saber que está contaminado. A veces, ante la pobreza, el poco sueldo y una desazón enorme, obviamente uno prefería comer”, recuerda.

Desinformados y en medio del pánico, Bubnovich asegura que lidiaban con la depresión de forma permanente. La situación fue empeorando cuando, tras la desaparición de la Unión de Repúblicas Soviéticas (URSS), la miseria se desató en Bielorrusia, una de las zonas más afectadas por el desastre debido al efecto del viento sobre las partículas radioactivas. Tardó cuatro años en salir y escapar a Chile. Tomó la decisión apenas terminó el doctorado, pero no fue sencillo.

“Hasta el año noventa todo estaba bien protegido, había poca información y era difícil con la URSS. Un ciudadano como yo no tenía ni dinero ni derecho de salir. Estaba prohibida la salida”, asegura.

“Es como ir a un cementerio y reírse”

A Valeri Bubnovich le preguntaron tanto su opinión por la serie Chernobyl que la tuvo que ver para salir de dudas. La adaptación ficticia creada por Craig Mazing y dirigida por Johan Renck ha logrado buenas críticas en la audiencia y la prensa especializada, posicionándose como una de las más vistas del último tiempo. Incluso pasó a competir de inmediato con producciones aclamadas del género como Breaking Bad y Game of Thrones. Pero no ha dejado muy satisfechos a los sobrevivientes de la tragedia: se le cuestiona falta de precisión en los datos históricos, entre otros aspectos.

“Yo la veo muy superficial. Se ve como la descripción de un turista. Faltan datos, entrevistas con la gente que vivió allá. Uno quiere saber exactamente cuál es el mapa de radiación en cada terreno, donde yo viví y donde quieren vivir mis hijos. Quieren saber eso, pero no hay nada al respecto. Tampoco se habla con la gente real que vive allá. Todo se ve a nivel turístico”, argumenta el académico.

Bubnovich celebra que la serie esté permitiendo que el tema se posicione nuevamente en la opinión pública. En internet las búsqueda de contenido sobre una de las peores catástrofes medioambientales se han duplicado y alcanzaron más de un millón en España, sólo durante mayo pasado. “Por años no hablamos del tema, ahora salió esto y todos hablan. Dice que pasó, que es un tema que no hay que olvidar. Pero la forma en cómo está hecho no me gusta”, insiste. Y repudia los fines comerciales tras la producción de HBO: “¿Cómo puedes hacer algo tan comercial con una historia que duele a tanta gente? A mí también (…) No da nada, no tiene ninguna argumentación para pensar”.

El académico recalca que la historia debería estar contada por una persona que levante una bandera contra la energía nuclear y por el medioambiente. Los puntos de alarma siguen repartidos por el mundo: Estados Unidos cuenta con cien reactores, mientras China suma 39 centrales. Por ello, el relato sobre lo ocurrido en la planta debería ser el ejemplo claro de algo que jamás puede repetirse. “No convertir a Chernóbil en una morbosidad: mostrar enfermos, muertos… yo viví todo eso. Cuando vi la serie para mí fue como revivir todo, me sacó lágrimas. Ellos (los creadores) no saben lo que genera en el alma de alguien que lo vivió”, confiesa.

El interés creciente por los detalles del desastre también se ha reflejado en el turismo. Desde el estreno de la serie, las visitas a la ciudad fantasma cercana a la planta han crecido de un treinta a un cuarenta por ciento. La tendencia se ha reflejado de forma lógica en redes sociales, con la difusión de criticadas fotografías que muestran a viajeros sonrientes en zonas desoladas y causan polémica. A Valeri le enoja la indolencia ante un hecho que todavía causa tanto daño: “¿De qué reírse? Murió gente y sigue muriendo. Peor llamarlo turismo, cuando es como ir a un cementerio y reírse”.

Foto: Gerd Ludwig/Turismo Nuclear

El desastre sigue siendo un tabú en Bielorrusia

La explosión y el posterior incendio en la planta mató de manera instantánea a más de treinta personas y obligó a miles a huir del lugar. Las cifras sobre las víctimas fallecidas por enfermedades relacionadas con la radiación varían, pero un informe de las Naciones Unidas en 2005 sentenció que le causó la muerte a cuatro mil personas durante la primera década, principalmente niños, niñas y adolescentes. Los diagnósticos más comunes apuntaron al cáncer de tiroides, leucemia, cataratas y depresión. Hasta ahora, las secuelas físicas, psicológicas y sociales de la falla en el cuarto reactor de la planta soviética siguen afectando a la población.

“La responsabilidad es obviamente comunista”, precisa Bubnovich. “Estaban a cargo de un país llevando un gran éxito y de pronto algo se salió de control. ¿Cómo no van a reconocer que había un desastre? Simplemente lo empezaron a ocultar”. El científico llegó a Chile en 1990 y está casado con una chilena, pero sigue viajando a su país cada año. Al ubicarse en la frontera entre Ucrania y Bielorrusia, recalca que sus habitantes fueron los más afectados: “Para que usted sepa, anualmente Europa saca niños de mi país en el verano y se los llevan para limpiarlos de material radioactivo, reconociendo que la gente vive en una zona contaminada. Cuando viajo, mis vuelos de vuelta están llenos de niños bielorrusos”.

Tras la independencia de la URSS, Alexander Lukashenko fue electo en 1994 y se ha mantenido en el poder desde entonces. Diversos organismos internacionales han apuntado al país por casos de abusos a los derechos humanos, restricción de la libertad de expresión, partidos políticos y reuniones públicas, además de encarcelamientos y ejecuciones.

En este contexto, a más de treinta años del evento que liberó más radiación que cualquier otro hecho en la historia de la humanidad, Valeri Bubnovich asegura que en Bielorrusia aún no se habla del tema. “Es dictadura todavía, por ende está prohibido hablar. Cuando viajo sigue siendo un tema tabú, entonces yo no sé dónde va el asunto, cuál es el desarrollo actual del problema, el nivel y mapa de radiación. No se habla”, señala.

Al cierre, el académico plantea que si las autoridades se encargaran de transparentar los detalles sobre los efectos reales de lo ocurrido en Chernóbil no sería necesaria la filmación de ninguna serie y que podrían tomar medidas.

“Yo creo que si el gobierno de mi país hubiera hecho una entrega de la información desde momento del desastre hasta hoy, revelando cómo está evolucionando este asunto, en forma completa, detallada, no sería necesario hacer películas para venderlo. Todos sabrían qué está ocurriendo. Eso creo que a nivel político es lo que falta”, reflexiona.

23 junio, 2019

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