Cultura

Francisca Márquez: “Se puede hacer historia de la infancia”

21 julio, 2019


Recientemente, editorial Hueders publicó El diario de Francisca, 11 de septiembre de 1973, de las editoras Patricia Castillo y Alejandra González. El libro, que consta de cuatro cuadernillos, trata sobre el sexto diario de vida escrito por Francisca Márquez Belloni, quien, en su preadolescencia, narraba tanto su día a día como situaciones que ocurrían en la sociedad. Es así como en el diario empezado el 12 de agosto de 1973, esta niña de doce años relató lo ocurrido el 11 de septiembre.


En la ventana reposa en una planta un pequeño pájaro, al parecer es una tórtola. Sus ojos negros y brillantes miran con curiosidad, y a pesar de ver a gente extraña, no vuela, se queda cómodo en la tierra. Francisca cuenta que ya es un ser habitual en su hogar, viene, pone sus huevos y se va, y así, repite. Francisca Márquez Belloni es una observadora, y así lo conjuga día a día con la profesión que eligió, antropología. Pero mucho antes de ser antropóloga y escribir diarios de campo, Francisca escribió diarios de vida, veintitantos, dice. El más conocido de todos es el número seis, donde relata el golpe de Estado sufrido por Chile el 11 de septiembre de 1973. En ese entonces, ella tenía doce años vivía en Ñuñoa y asistía a un colegio de las monjas Ursulinas, el Colegio Santa Úrsula de Vitacura.

Al consultarle cómo transitó su interés entre las vivencias cotidianas de una preadolescente y lo ocurrido durante el golpe militar, Francisca cuenta que en sus otros diarios “hay panfletos: recuerdo uno del general Labbé que yo había encontrado en la calle y los pegaba. Incluso aparece el primer intento de golpe que no funciona, de unos meses antes, de junio. Es decir, había ya un registro previo de lo que estaba ocurriendo en el país. Las disputas al interior de mi colegio, de mi curso, el curso estaba muy polarizado entre la gente de derecha y aquellos que no estaban tan seguros de que un golpe de estado fuese necesario. Pero esa preocupación estaba, entonces, en realidad, lo que tú ves en el diario de vida no es un quiebre tan grande. Lo que sí es un quiebre, es que aparecen directamente nombradas las Fuerzas Armadas, el Ejército, la aviación, la marina. Eso a mí me sorprende porque es un lenguaje ajeno a mí, no estaba presente antes”.

Cuenta además que, luego de que se manifestara el interés por su diario, el que ella donó al Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, ha aprendido de especialistas e investigadores de la niñez, quienes abordan el registro desde múltiples perspectivas. “Esta es una mirada todavía infantil, en el sentido de que puedo hablar de la muerte y al día siguiente contar una pelea doméstica de mi familia. O sea, toda esta política aparece en un contexto doméstico, de niña, de púber. No es que yo estuviese viviendo todo el día en función de esto, aunque el once sí marca un día entero, tiene hasta horarios: en mis veintitantos diarios no hay ningún otro día así, es del único del que llevo un registro acucioso desde las once de la mañana hasta la noche”.

Desde los siete años Francisca escribe. Empezó a hacerlo cuando le regalaron su primer diario de vida luego de ser operada de un riñón, lo que la dejó mucho tiempo en reposo. Es así como, según cuenta, este regalo coronó su anhelo de leer y escribir, y “todavía para mí es más fácil leer que escribir”.

Francisca a los doce años

Más cercana a Simone, Meg March que a Ana

Su living tiene una repisa enorme que cubre tres partes de la pared. Está llena de libros, al igual que una mesa de centro donde hay más libros y cd’s. Para ella es difícil elegir uno que la haya marcado en particular, porque cuenta que desde que aprendió a leer, leyó muchísimos libros, desde “toda la colección Billiken, azul, celeste, y verde, los libros Quimantú llegaban a mi casa. Es decir, por lectura yo diría que no me quedaba. El Diario de Ana Frank coincide con la edad, ella tenía un año más que yo, y con una situación de bombardeos-política muy crítica en la que no se podía salir, entonces me identificó el tema del encierro, pero ya lo he dicho, la comparación llega hasta ahí no más, coincidimos en la edad, en que nos gusta escribir y yo claramente le copio a ella cuando le pongo “Paula” a mi diario. Paula es una amiga mía que se llamaba Ana Paula, con la que yo me enfrento producto de otra amiga, la upelienta. Y en el diario dice: desde hoy día yo no le hablo ni a la Paula ni a la Angélica y opto por mi amiga upelienta“. Dejando de lado las comparaciones que la nombran como “la Ana Frank chilena”, Francisca recuerda que a los dieciocho años la impresionó Simone de Beauvoir, al leer una de las autobiografías de la filósofa francesa –Memorias de una joven formal– texto en el que “cuenta toda su historia en colegio de monjas y cómo va descubriendo el feminismo y para mí eso fue muy impresionante porque encontré muchas similitudes”.

Mujercitas de Louisa May Alcott también la cautivó cuando joven: “eran tres o cuatro hermanas y nosotras también éramos tres mujeres, entonces habían personajes que me parecían súper parecidos, la mayor, una Jo, una Amy; ese libro me marcó muchísimo porque está todo el desarrollo de la femineidad, pero en un contexto de bastante precariedad económica, algo que nosotros teníamos, el trabajo de los vestidos, en esa época se hacían muchos vestidos en mi casa, no se compraban porque no habían muchos recursos. Yo me formé entre mujeres toda mi vida, mi relación con los hombres era muy poca, hasta llegar a la universidad y por tanto Mujercitas representaba un universo femenino que era bastante familiar y cómodo, siempre me ha sido muy cómoda la relación con las mujeres”.

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El viaje más allá de las páginas

“Tengo muchos libros, pero yo diría que me ha ido marcando mi disciplina, la antropología. Por ejemplo, Islas de historia. La muerte del capitán Cook, de Marshall Sahlins, para mí ha sido un libro que he releído muchas veces porque tiene esta maravilla del viaje que, justamente porque yo estaba enferma, soñaba siempre. Yo estudio antropología para viajar, esa es mi razón y lo decido a los once años. O sea, ya en ese período estaba entre ser escritora y ser antropóloga, ese es el período en que descubro la antropología muy de la mano del Mampato, del cinturón tiempo espacial que tenía el personaje y le permitía viajar por el mundo y los tiempos, y aparecía Ogú, el hombre prehistórico, eso me fascinaba. Pero sobretodo, viajar, esa era mi gran obsesión y estudié antropología porque no me di el permiso de estudiar literatura; o sea, me marcó mucho el que estábamos en un período de dictadura y sentí que la literatura era darse un premio, un permiso, y que en esa época uno no podía dárselo. Para mí era sólo disfrutar, era estudiar algo que me producía enorme placer y todavía tengo esa ambigüedad con la literatura y me fascina”, expresa Francisca.

Sentada en uno de sus tres sillones, detrás del cual cuelga un cuadro con una figura similar a una luna, habla también del sociólogo alemán Georg Simmel, de quien, asegura, ha leído todo: “lo que me fascina es que juega siempre, no cierra los mundos, comprende el mundo desde la posibilidad contraria, desde la ambigüedad, eso me fascina, es muy antropológico ¿no? evitar los totalitarismos, las miradas únicas y más bien mirar el mundo desde distintas entradas. Yo diría que eso ya estaba en mis diarios de vida, en ese diario que tú leíste, ya estaba la idea de mirar desde distintos puntos de vista, y esos autores me han marcado mucho”.

Para ella, otra de las escritoras primordiales de su vida es Marta Brunet, por quien reclama. “Es una de las grandes grandes escritoras universales, no sólo chilena, a la que no se le ha rendido tributo. He leído sus obras completas y tiene exactamente lo que te estoy diciendo: es muy etnográfica, muy antropológica, es una mujer profundamente feminista y que tiene esa capacidad de romper con su tiempo. Y me sorprende que no se le haya rescatado con fuerza”. Finalmente destaca a Julio Cortázar y su clásico Rayuela, el cual expresa, también le abrió el tópico del viaje.

De manera consciente, señala que ha sido afortunada al lograr viajar. Cuenta que, como estudiante de antropología, era casi iniciático ir a Machu Picchu, pero que su primer viaje sola fue a Buenos Aires. Recuerda que fue cuando ya había terminado la dictadura de Jorge Rafael Videla. Y todos parecen buenos recuerdos: escuchó por primera vez en vivo a Joan Manuel Serrat, la cautivaron las grandes avenidas, el habitante que comenta, que discute, los teatros, los cines y las librerías y una calle entera que no cerraba de noche.

“Yo se lo digo mucho a mis alumnos, la importancia del viaje, de salir del propio ombligo, de separarse de uno mismo y encontrarse con alternativas, con mundos que son impensados”, manifiesta, agregando que “en cada viaje pasan cosas insospechadas y si vas en una disposición de descubrirlas, van dejando marcas”.

En muchas ocasiones los niños, niñas y adolescentes no son tomados en cuenta. ¿En algún momento vislumbraste que tus diarios podrían ser un aporte para considerar a niños, niñas y adolescentes sujetos activos dentro de la sociedad?
“La verdad es que nunca, o sea, hasta ahora que conocí a Jorge Rojas, historiador de la infancia. Con él fue la primera vez que dije “oh, se puede hacer historia de la infancia”, no me lo imaginaba. Luego conozco a Patricia Castillo, editora del libro y la verdad es que he aprendido muchísimo de ellos y del grupo de investigadores. De hecho la antropología trabaja muy poco con niños y por tanto, los niños son, de alguna manera, como dices tú, objetos de socialización, pero nos cuesta verlos como actores, protagonistas de algo, como constructores de conocimiento e historia. La razón por la cual decido donar el diario es bastante particular: se me estaba desintegrando. Nunca pensé que lo iban a tomar y leer, ni menos que lo iban a querer publicar. De hecho yo fui, lo entregué y sentí que ahí quedaba, que lo perdía”.

El diario de Francisca, 11 de septiembre de 1973, editado por Hueders

Márquez confiesa que hasta el día de hoy no le deja de sorprender el interés que ha causado su diario: “¿por qué lo leen, por qué lo interrogan, lo entrevistan? Hay interés por las cosas cotidianas, que no tienen la pretensión intelectual de la academia. En Chile se necesita literatura que conecte con sentimientos, con vida, con puntos en común. Hay un despertar de cómo se vive la gran política, los grandes dramas históricos, a nivel cotidiano. Creo que la política, así en grande, tiende a mirar en menos todos estos pequeños gestos y estos gestos están cargados de política claramente. Supongo que ese es el interés, que todavía hay cosas que no han sido develadas respecto al golpe de Estado, como ésta, como las voces de los que no fuimos víctimas directas”.

Explica que luego de conversar con su amigo, el periodista Juan Cristóbal Peña, entendió que además puede llamar la atención el que ella “no miraba desde Vitacura, donde yo estudiaba, y tampoco tan claramente desde Ñuñoa [donde vivía], miro a medio camino, y tal vez eso puede ser interesante, porque no es alguien que tenía su punto de vista político claro, como seguramente la gran parte de Chile. No estaba abanderada con nada, tomaba opiniones de mis padres, de pronto de la prensa, de mi amiga de la UP y ahí me reconozco siemmeliana, por esta idea de que no se resuelve necesariamente la realidad, lo más sabio que uno puede hacer es no cerrar la realidad, ir mirándola desde distintos matices y los niños tienen esa capacidad, a pesar de que siempre están buscando la verdad y tienen una mirada moral. Esto lo dijo también Jorge Montealegre y me gustó: “bueno, aquí hay una mirada política y moral, pero más moral. A ver, aquí, ¿hasta dónde se resuelven las cosas de Chile con la muerte de un presidente?”. Y ahí hay una cosa, y no es porque yo necesariamente adhiriera a la Unidad Popular, es porque hay un punto: la vida no puede perderse por diferencias ideológicas, por ideas de política”.

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Mundos porosos, dictadura y ruinas

“Yo creo que este país, esta cultura, tiene miedo de abrirse a posibilidades diversas, que es lo que está pasando con la entrada de migrantes latinoamericanos y afro descendientes. Les tenemos terror porque nos increpan. Nos increpan respecto a quienes somos. Como si el quienes somos fuese incompatible con compartir con otros mundos. Y no entender que finalmente aquellas culturas más fuertes, resilientes, capaces de crear y de crecer son aquellas capaces de dialogar y ponerse frente a otras culturas, es decir, las que no cierran sus fronteras, sino que son porosas. El que tú tengas fronteras porosas, mundos porosos, que dejes entrar otros mundos al tuyo no te debilita, te enriquece, ese principio pareciera que lo tenemos absolutamente vetado en esta sociedad y por tanto, todo aquello que se ve diferente, extraño, o extranjero pasa a ser símbolo de un enemigo interno, algo que se nos instaló en dictadura, acuérdate la figura del “enemigo interno” que Pinochet nos dejó”.

Fue bajo esa denominación, esa etiqueta del supuesto “enemigo interno” que la dictadura cívico militar, liderada por Augusto Pinochet violó por diecisiete años los derechos humanos de miles de personas, dejando un país polarizado y una sociedad fragmentada. Esta herencia es visible hasta el día de hoy, tal como manifiesta Francisca.

“Aquí tomo una idea de Raúl, mi pareja, me he preguntado algo parecido. Me pregunto por qué Argentina, teniendo muchísimos más desaparecidos que nosotros, una dictadura horrorosamente violenta, aunque más breve, el 24 de marzo, el Día de la Democracia las ciudades enteras salen a marchar, a celebrar en familia el “nunca más”. A mí me conmueve, he ido mucho a esas marchas, las estudié, y me pregunto por qué aquí no pasa nada así, por qué los 11 de septiembre no salimos todos a la calle, ¿qué ocurre que en Chile pareciera como si la dictadura hubiese dejado más huellas, nos hubiese dejado más mudos? Y la explicación tal vez tenga que ver con que el sueño de Allende, la utopía socialista, no nos cubrió solo a nosotros, sino que fue un referente mundial, y en ese sentido, la caída de ese sueño fue mucho más brutal, la destrucción en términos de utopía y tradición republicana”.

“El miedo se nos instaló, es como si hubiésemos abortado la posibilidad de soñar otros mundos posibles. Entonces en Chile fue muy traumático, no nos hemos recuperado, quedan ciertos resabios y vuelven una y otra vez. Por ejemplo, me enteré hoy que en el Ministerio de Educación tienen unas pantallas en los pasillos en las que se habla de la “ideología de género”, tratando de que no se aborden los problemas de género. Para cualquiera que hacemos clases sabemos que ese es uno de los grandes temas, la identidad sexual, que cruza a todos nuestros cabros. Entonces, no es un tema de “ideología de género”, es un problema de las identidades, muy grave, y penalizarlo, censurarlo, sancionarlo, tiene que ver con las huellas de la dictadura”.

Sobre los planes de seguir escribiendo, Francisca explica que “me ha interpelado lo que ocurrió con el diario de vida. Yo estoy investigando ahora sobre ruinas urbanas, grandes y distintos tipos en Bogotá, Quito y Santiago: las ruinas prehispánicas, las post industriales, las oligárquicas, los palacios, Patio 29, de la violencia política y quiero y se lo he propuesto a mi equipo, pienso en trabajar publicaciones de distribución más masiva. Creo que la academia tiene un límite, son poco digeribles [las publicaciones académicas] por mucho que hayan buenas ideas y creativas, hay que apostar más bien a una escritura más simple, pero no menos profunda, con más gráfica que es lo que hoy se comprende mejor y sobre todo, amable. Entonces estoy armando una colección de pequeños libros que reúna la investigación sobre las ruinas de América Latina”.

La conversación va llegando a su fin, se acerca la hora de la once. Le pregunto si quiere agregar algo. “Nadie puede comprender su presente si no lee para atrás. Lo que yo hoy día hago, evidentemente se entiende en ese momento, los diarios son mis primeras etnografías. Sería interesante que cada uno pudiera leer su diario, sus apuntes de la infancia como los primeros atisbos de lo que uno va a ser“, dice Francisca. No se sintió ningún aleteo, probablemente, la tórtola sigue ahí, cómoda bajo la planta, mirando con sus ojos hacia dentro del departamento, y también hacia fuera, y ella, que no sabe de fronteras, busca el momento indicado para viajar.

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