Cultura

Romina Reyes: «Las relaciones entre mujeres son más fuertes que las que construyen con los hombres»

11 agosto, 2019


La periodista y escritora lanza este martes 13 su primera novela, Ríos y Provincias, a través de Editorial Montacerdos. Un ejercicio de enfrentamiento entre dos generaciones que también es mucho más que eso. Un rescate de los puntos de encuentro entre ellas, de la universalidad y de la micropolítica de lo íntimo y lo familiar. Lo personal es político, dicen.


Romina Reyes llegó hace algunos meses de Argentina. Estuvo viviendo en Buenos Aires los últimos tres años, estudiando literatura. Al mismo tiempo construía Ríos y Provincias, alejada de su natal Santiago. La distancia física siempre, se quiera o no, provoca reordenar las rutinas. Y también los focos de atención.

“Este libro partió con una beca de creación en el 2015. Ese fue el primer año que, estando en Chile, lo empecé a trabajar seriamente. De manera general, pensé en escribir la historia de dos mujeres y cómo cada una concebía el amor. Desde ahí partí. Y cada una cruzada por experiencias, algunas que conocía de mi familia y otras mías, recientes. Tenía que organizarlas de alguna manera. Había pasado recién Reinos, estaba el hype de eso bien arriba y siempre me habían dado vuelta en la cabeza las críticas que hablaban de lo generacional. Que si bien era algo que no tenía presente en el primer libro, sí lo tuve presente en el segundo. Quería mucho contrastar generaciones. La mía y la de mi mamá. Quería ver cómo en una distancia de treinta años, que era la edad que ella tenía cuando yo nací, cambia la percepción del mundo y las maneras de enfrentarlo”.

Partió a Buenos Aires con esa premisa, pero allá algo cambió. Romina explica que en la historia que correspondía a su autobiografía estaba presente una relación “muy hetero”. Pero ese reordenamiento de las rutinas, los intereses y lo que una tiene a la mano para construir su vida en otro lugar, hizo un cambio de timón. “El primer año en Argentina fui a mucho coloquio feminista, de todo tipo. Me acuerdo que compraba Página 12, que tiene un suplemento que me encantó. Un suplemento LGBTI que se llama Soy. Ese suplemento tenía una agenda. Y como no tenía mucho que hacer, no conocía gente, me fui nutriendo de actividades».

«En uno de esos coloquios, conocí a Laura Arnés que es una académica de la Universidad de Buenos Aires, que tiene un libro que se llama Ficciones Lésbicas. Su trabajo se basa en rastrear las ficciones lésbicas en la literatura argentina y a partir de eso habla de cómo el lesbianismo es un deseo casi imposible en el patriarcado. Recuerdo que me impactó mucho cuando la escuche hablar. Eso cambió mucho la idea que tenía del libro, porque me hizo replantear todo y enfocarme mucho más en las relaciones entre mujeres dentro de la historia. También estaba estudiando literatura entonces leí libros que tenían esa perspectiva. Recuerdo especialmente uno que se llama El Desperdicio de Matilde Sánchez, que lo vimos en clase y el profe destacaba mucho que los personajes hombres eran muy secundarios”, relata.

Las nuevas lecturas, la nueva rutina y las nuevas perspectivas tuvieron un impacto en el relato político que Reyes deseaba que estuviera presente en la novela. “Reescribí, borré personajes. Para cualquier escritor es harta pega, no es menor tomar un personaje que casi que era principal y lo dejes en algo anecdótico. Pero independientemente de mi vida personal, me gustaba mucho la idea de cambiar algo que es muy común, que siempre las mujeres en los discursos más machistas están muy atrapadas por sus relaciones con hombres y qué bacán como escritora poder sacudirse de eso”.

Y así fueron tres años lejos de su entorno. Con diferentes versiones de la historia que iban y venían, personajes que aparecían y luego ya no estaban. Como jugar una partida de los Sims, con un ímpetu político en la cabeza. “En un momento me fui más en la experimental y casi que no habían hombres en la novela. Al final, retorné a algunos porque quería destacar un lazo en específico. El discurso de la novela es que las relaciones entre mujeres son distintas y más fuertes que las que construyen con los hombres.

Dentro del proceso de creación de Ríos y Provincias hubo diferentes obstáculos que atravesar. Uno de ellos también fue, según cuenta Romina, despegarse de los miedos que traía introducirse en la autobiografía. Sobre lo que esta publicación podía “implicar tanto para mi vida como para la de los que me rodean. Porque en la literatura siempre hay mucha autobiografía y una como autora tiene que sacudirse eso, no preocuparse, porque la idea del libro es que salga de tu círculo íntimo. Cuando pienso en un lector o lectora ideal, pienso en alguien que no me conoce, entonces, no va a estar identificando cual o tal persona”.

“Fue un proceso igual. Me tomó harto tiempo, sobre todo con la historia de mi mamá porque ahí lo más complejo es una misma asumir que está escribiendo de personajes ficticios. La protagonista Javiera puede parecerse mucho a mí, pero no somos la misma persona, porque una vive en un libro y la otra vive en Santiago de Chile, en la vida real. Creo que cuando una escribe hay miles de procesos que pasan en tu cabeza no más, son cambios de perspectiva. Recuerdo que en algún ramo vimos algunos textos de Gabriela Mistral y expuse sobre uno. Ahí pensé, si Gabriela Mistral lo hizo por qué me voy a estar dando color yo, ja, ja, ja. Si al final lo que importa es que el texto sea bueno, el tema biográfico se vuelve un dato. O como lo veía con mis compañeras estudiando literatura, la lectura autobiográfica es morbosa y es una alternativa, pero no es necesariamente la perspectiva más interesante y tampoco lo único que espero que tenga el libro. Si a alguien le interesa desde ese morbo bienvenido sea, pero yo creo que tiene mucho más”.

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Javiera y Jacqueline viven su vida en mundos que parecen muy diferentes, pero que a lo largo de Ríos y Provincias nos preguntamos si en realidad esa primera idea es la que nos sigue acomodando. El dibujo de fondo para sus acciones es muy importante, en la medida en que sabemos que se trata del enfrentamiento de dos generaciones. Resulta interesante ver cómo este es dibujado de una forma sutil. Un punto para Romina Reyes, porque no trata a sus lectores y lectoras como imbéciles, pero también porque permite centrar la atención en la intimidad.

“Fue un desafío de la novela, porque uno de mis grandes miedos al estar escribiendo —porque tu sabes que escribir es súper solitario y de repente una se atormenta por cosas chicas— era tratar la dictadura, porque es un tema super hablado en la literatura. Es uno de los grandes temas literarios en Chile, hay montón de novelas sobre esto. Y por ahí digo miedo porque no quería que la novela fuera encasillada sólo en eso. Igual es una mirada obtusa de mi parte, porque eso es como el 50% de la novela y hay otra mitad que es la actualidad”.

“Fue interesante hacer ese trabajo porque sabía que tenía que reconstruir una época y al principio no tenía muy claro cómo hacerlo. En algún momento tuve la claridad de pensar qué va a venir a decir Romina Reyes en el 2019 sobre la dictadura que no se sepa. Por otro lado, pensé que esto no es un documental, es un libro de ficción. En primeras versiones de la novela hubo cosas menos sutiles pero con el trabajo de edición y también personal, fuimos viendo que una gracia de la novela era esa sutileza en nombrar la dictadura, para mí también fue más fácil porque me sacudí esa presión de tener que contar una verdad”.

“Al menos, desde mi editorial, siempre me han dicho que uno de mis grandes brillos es la reconstrucción de un ambiente pero claro, no me había tocado recrear ambientes que yo no he vivido. Así que pensé ‘bueno si alguien quiere leer este libro y encontrar una verdad de la dictadura que no se sepa ya, lo voy a redirigir a no sé, Baradit, ja, ja, ja, porque en lo mío hay que fijarse en una familia que no necesariamente estaba en contra de la dictadura o a favor, que no necesariamente fue perseguida políticamente, que no necesariamente se involucró de manera directa, lo que no significa que no haya tenido una opinión».

«Algo que me interesa mucho es qué pasa con ese relato de las personas para las que fue un contexto no más que les tocó vivir, no algo menor, pero cuando seamos viejas nosotras vamos a decir que nos tocó vivir en los gobiernos de Bachelet y Piñera y quizás haya otra reconstrucción historia de lo que significaron esos procesos. Eso me puse en la mente también para abordar a los personajes. Como narradora no voy a pensar esto como el juicio a la dictadura, sino como una niña de 14 años que va al colegio y hay un milico en la entrada. No pienso nada en particular de eso, me está pasando”.

Si bien el cuerpo de trabajo de Romina tiene un hilo conductor, en Ríos y Provincias se advierte una escritura más madura. Madurez. En general, se utiliza este adjetivo para puntualizar algo que es mejor, desvalorando las experiencias, formas o modos de la juventud. Este comentario está muy lejos de ello. Las etapas de la vida no son unas mejores que otras, sino diferentes. Y qué más enriquecedor que fijar el ojo en el trabajo de un autor o autora y ver cómo esas perspectivas van cambiando desde qué es lo que se quiere contar a cómo se cuenta. El paso del tiempo tampoco es gratuito para el lector o lectora, claro. Dónde se pone el ojo al abordar una historia también es una muestra de ello.

En esta novela, Jacqueline y Javiera viven su vida insertas en un contexto y no todo el tiempo tienen una posición. No son héroes que cada quince minutos tienen un momento de epifanía que cambiará todo el curso de la historia. La intensidad de la juventud tiene esa maravillosa ansiedad de vivir, de llegar siempre a un punto de quiebre trascendental que cambie toda decisión y toda lógica. En Ríos y Provincias el valor está puesto en esos pequeños detalles de la vida cotidiana que no van a cambiar el sentido de rotación de la tierra, pero que la cambian a una. O a veces no cambian nada, pero está bien.

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“Sí, son personajes que al final quieren ser felices no más. Y por otro lado, en los trabajos que he hecho, como Reinos y el guión de la película de Reinos, creo que está presente esa micropolítica de la vida íntima que desde el feminismo sabemos que construye política, entonces, quizás ahí está esa mirada de la gente normal”, explica la autora.

Una vuelta al 2015. “Algo que me movió desde el principio fue la idea de contar la relación de amor de mis papás. Cuando partí con el libro no sé por qué tenía tan metido en la cabeza eso. Pensaba en mi mamá y mi papá versus yo. Me parecía que teníamos visiones súper distintas respecto al amor y la pareja. Y sobre la vida en general, yo a mi misma me consideraba muy atormentada y pensaba siempre en estas historias que ellos me contaban sobre el pasado, que me imagino que están presentes en cualquier familia, sobre cómo se conocieron, quiénes eran, las cosa que hacían en esa década de los ochenta en la que nosotras nacimos pero no tenemos conciencia de ella”.

“Me interesaba mucho poner ese contraste y estructurarlo en torno a la historia de amor de mis papás, es una que me sé muy de memoria porque es la historia de mi vida también. Creo que hasta el día de hoy me parece la historia más bonita que conozco, que puede ser repetida, pero es verdad: Dos personas que se conocieron estudiando, que se reencontraron años después, una, dos y tres veces, hasta que finalmente se quedaron juntos. Como que pareciera una cosa del destino. Entre medio hablé hartas veces con mi mamá y ella tendrá su propia interpretación de la historia, pero concluí en cómo la vida de las mujeres está cruzada por un montón de exigencias. De pensar fuera de todo romanticismo, sobre qué tanto hay de destino y amor y cuánto hay de una mujer a la que se le exige casarse para valer socialmente. Eso fue un proceso duro de pensar, pero fue algo que también me llevó a pensar en mi mamá y papá como personas, fuera de sus roles”.

“Ese pensar a mi mamá me interesaba particularmente, porque cuando una mujer es una madre ya se piensa en ella solo como madre. Y eso es muy machista también. Solo puede ser eso y amar a sus hijos. Al final, para mí, la novela tiene eso, haber pensado en mi mamá como mujer. Creo que es algo muy bonito, ahora que soy más adulta. Parte de mi proceso de madurez ha sido concebir eso, que la familia que me rodea no son una abuela, una tía, una madre, sino mujeres que sucede que también son abuela, tía y madre, pero tienen un montón de dimensiones, tienen vida, deseos, aspiraciones, frustraciones. También pensar en mi papá no como un ser malvado, sino como un hombre cruzado por su contexto, uno super difícil y particular. Eso por un lado.

Desde la oralidad, la forma de relato que durante mucho tiempo fue la herramienta de las mujeres para traspasar saberes de una generación a otra, se construyó también Ríos y Provincias. Los relatos de una madre, contrapuestos a la visión de mundo de una hija, escritora, nacida a fines de la década del ochenta. Con la perspectiva de mundo que eso implica. Al mismo tiempo que se escribía esta novela, la autora recomponía las piezas de sus orígenes. Con cada impacto, también, se reconfiguraba la historia.

“Algo que no llegó a ser parte de la novela, fue el proceso de cómo mi mamá llegó a casarse. Mi mamá trabajaba en un colegio católico y ella quedó embarazada cuando estaba pololeando con mi papá. Por eso, a ella en ese colegio la hostigaron. Eso fue para mí un impacto, en pensarla como mujer, verla en esa situación. No sé si ella lo verá así y da lo mismo, pero pienso en cosas como cuánto hubo de amor en tu decisión y cuánto de presión. Y no para des-romantizar su propia historia, pero me lo pregunté».

«También me impactó mucho su historia universitaria, de vivir en un hogar de mujeres y, algo que sí llegó al libro, sobre cómo vivía con compañeras. Cómo eran sus amigas en esa época y me pareció super actual. No sé si habrá sido algo obtuso de mi mente, pero empecé a pensar en las mujeres del pasado y me di cuenta que pensaba en ellas super virginalmente. Una está acostumbrada a que los hombres sean más loquillos y, de nuevo esto, empaparse de esta realidad que suena super evidente pero que para una, hija de su madre, es difícil ver. Tu mamá es una mujer, fue una mujer joven, tuvo una vida. O, las mujeres en el ’77 ya abortaban, no es una moda de ahora, ja, ja, ja. Al decir que mi madre es una mujer, es ver que al final, pese a las diferencias, hay cosas que vivimos todas y para bien o mal, algunas cosas seguimos viviendo, como la violencia, los embarazos no deseados, todo tipo de traumas. Para mí fue un proceso bonito. Partir con esa idea de confrontar generaciones, pero más allá de ver las diferencias, ver los encuentros».

11 agosto, 2019

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