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Editorial de Fernando Paulsen: Un chacal que el chacal rechazaría

25 marzo, 2019


El Papa Francisco le aceptó la renuncia al Cardenal Arzobispo de Santiago Ricardo Ezzati. A la hora de las declaraciones, el señor Ezzati a falta de un cliché, ofreció dos. Que se iba con la frente muy alta y la consciencia muy tranquila. Imagínemonos por un momento que Ezzati es la blanca paloma de que se jacta. Nunca fue encubridor en ninguna de las diósesis que dirigió. Nunca usó su poder para trasladar, silenciosamente, clérigos con conductas sexuales bochornosas. Nunca sintió que algo que supo o le contaron revestía características de delito y, por eso, nunca jamás lo comunicó a las autoridades policiales competentes.

Siempre que supo de una denuncia contra un clérigo de su arquidiósesis se preocupó primero por estar junto a quien decía ser su víctima, apoyando, empatizando, tratando de comprender el daño que le puede hacer causado. Si todo lo anterior fuera verdad, quizás irse con la frente alta y la consciencia tranquila serían clichés apropiados. Pero si usted, señor, señora, no acaban de llegar recién de Saturno y han vivido varios años en Chile y particularmente en el territorio que la iglesia demarca como Arzobispado de Santiago, solo se puede ir con la conciencia tranquila y la frente en alto un arzobispo que tiene serios problemas de comprensión de la realidad o alguien que miente.

Partamos por cuando Ezzati llegó al Arzobispado de Santiago. El 15 de diciembre del año 2010. Según la encuesta CEP, a partir de esa década se produjo la baja más grande jamás medida en quienes se consideran católicos en Chile, cayendo casi quince puntos porcentuales, de 70% en 2008 a cerca de 55% diez años más tarde.

Otra encuesta de carácter continental, el Latinobarómetro, fue aún más fuerte en los números, pero con total coincidencia en la caída. Según Latinobarómetro, en la década que vivimos hoy, se pasó de 73% a casi 45% de personas que se consideraban católicas. El mayor desplome de toda Latinoamérica. ¿Qué produjo esta caída? Sin duda, algunos efectos son comunes: la modernidad, la educación laica, el auge de otras religiones y sectas no católicas, etc. Pero también hay factores de responsabilidad de la propia iglesia. Y el mayor es la manera absolutamente inadecuada de asumir los grandes escándalos, particularmente, abusos sexuales a niños y adolescentes y la abrumadora evidencia de una red de protección a los abusadores, lo que el mismo Papa Francisco llamó sin embages, una cultura de abuso y encubrimiento en Chile.

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Cómo alguien que ve disminuir sus fieles por centenares de miles cada año bajo su mandato y ve aumentar las denuncias públicas contra decenas de sacerdotes de su arquidiósesis puede señalar que deja su mandato con la frente en alto y la consciencia tranquila, si no es porque su incompetencia como administrador es somérica o porque no está diciendo la verdad. La cabeza en alto es un acto mecánico, lo hacemos todos los días al levantarnos. La conciencia tranquila no. Este es un sentimiento personal, interno. Lo siente uno y nadie más. Se ha visto a asesinos en serio, confesos de crímenes espeluznantes andar con la frente en alto empapados de ego, camino a la prisión o a la silla eléctrica. Pero la consciencia es otra cosa. Solo la siente uno. Intimamente. Se puede fingir la turbación interior, el remordimiento o incluso el arrepentimiento, con palabras que los disimulen, pero igual se sienten.

Según el credo católico, la consciencia, es decir, los pensamientos, sentimientos o reflexión del propio comportamiento, es territorio exclusivo de dos personas: del individuo y de Dios, de quien el catolicismo enseña que es omnipotente y omnisciente, es decir, que todo lo puede y todo lo sabe, incluso lo que ronda en la consciencia de un arzobispo camino al retiro. Un devoto creyente si quiere se sigue siendo creyente, sabe que Dios sabe cuando él está mintiendo. La justicia chilena no es omnisciente y debe probar las mentiras. Mientras la confianza en la iglesia católica cae como avalancha ante la desidia de sus mandantes, hay un juicio que continúa. El terrenal, que no es de los fieles que, ya se ha demostrado, han perdido la confianza en sus pastores.

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Ese juicio se da ahora en tribunales, en varias regiones del país, por abusos y encubrimientos que no tienden a disminuir, sino al contrario, este solo hecho, tener a centenares de sacerdotes yendo a tribunales todas las semanas, no como antaño a dar testimonio de la persona injustamente detenida, sino ahora acusados de ser autores y cómplices de los peores crímenes de poder. Este solo hecho, a cualquier integrante sano de la jerarquía de la iglesia, lo debiera tener lleno de vergüenza y con la consciencia intranquila por no haber estado a la altura de su prédica.

Está por verse todavía, en términos de la justicia, el rol de Ezzati en esta trama. Pero aquellos que conspiraron contra su propia gente, ocultando los peores crímenes, violando la confianza de sus seguidores, sus códigos y enseñanzas, merecen la imprecación de Neruda. No son más que chacales que el Chacal rechazaría. Piedras que el cardo seco mordería escupiendo víboras. Que las víboras odiaran.

Tags: Ezzati

25 marzo, 2019

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