Opinión

Historia personal de un Alfa

Contact Person Roka Valbuena

19/02/2019


Usted es un hombre serio, de barba, brazos con cicatrices, mirada de convicto. Usted es plenamente un macho contemporáneo: se despierta meditando una jugada de fútbol, le pide a Dios que lo haga como Bruce Lee por un fin de semana, transita por la vida con el ceño fruncido. Usted, además, es lacónico, en dos o tres palabras condensa un punto de vista. Usted ríe sólo en grupos de confianza, el resto del tiempo vaga por la ciudad con los ojos achinados de Clint Eastwood. Usted, en público, nunca pide ensaladas, las come a escondidas. Usted no se cuida; usted, como hacen los duros, se descuida. Usted no trota. Usted fuma.

Pero usted, que vive tranquilamente en la hombría, un día se topa de bruces con el mundo femenino. Aparecen estas mujeres frente a sus ojos y le piden un poco de igualdad. Le explican que debe respetar. No debe mirar los escotes, ni voltear la cabeza para evaluar un glúteo. Usted debe mirar a los ojos. Le piden que se modernice. Le exigen que deje de seducir porque sí, le prometen una patada si usted dispara un piropo. Y, de paso, le ordenan crudamente que usted sea más bello.

-Soy hombre- se defiende usted.
-Un hombre nuevo- dicen ellas.

Usted queda trastornado y localiza de inmediato a dos trogloditas. Uno de ellos, devastado, confiesa que ya no aguanta más. “¡No soy el Súper Alfa!” y huye. Otro admite que adora el apio y que abraza a los hombres. Son los momentos más complejos para un cavernícola: la soledad del animal salvaje. Usted es un macho confundido.
Y llega a su casa con su pose de Alfa lacónico y toma la bebida desde la botella, chorreando. Usted, se dice a sí mismo, es el duro de la película, usted no será un progresista más, esa bandada de delicados que no engordan. Entonces prende la luz y ahí se topa con la magia.

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Es su hija que lo mira.

Seis años.

Pura luz.

La heredera pobre.

Su única diosa.

En su mano derecha, como si portara un fusil, ella tiene un lápiz labial. Y con su mano izquierda sostiene una pelota de fútbol. Labial y pelota FIFA. Aquí no hay géneros. Su hija le pide que se agache y le pinta los labios. Es el punto efervescente de la historia porque, de pronto, en noviembre del 2018, este Clint Eastwood luce una boca con rouge rojo.

Pero en ese momento la señorita tira la pelota al aire. Y grita:
-¡Yo soy Rakitic del Barcelona!

Usted no titubea:
-¡Y yo soy Paredes de Colo Colo!

Y, con las dos bocas pintadas, empiezan un disputado partido en el living, con patadas y cojines. Ella con la camiseta número 4, la original, usted con su polera regalona. Ella celebrando los goles, usted relatando la proeza. Ella, hermosísima, súper mujer, metiendo la pierna, buscando su gloria, el momento de su día. Usted flotando, feliz. Y, bueno, el partido termina en empate a 16. Los dos equipos unipersonales se abrazan. Claro que lo clave es que en ese preciso momento, a las 20 horas de un lunes, usted, el masculino full time, lo descubre. Al fin descubre que no hay nada como la igualdad.

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19 febrero, 2019

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