Opinión

Otro 8 de marzo ha llegado: eso que llaman amor, es trabajo no pagado

Contact Person Daniela Bruna

08/03/2019


A días de una nueva conmemoración del Día Internacional de la Mujer, y siguiendo la tendencia del periodismo de datos, nos dispusimos a preparar información en clave de “dato duro” o “foto del momento” con el objetivo de contar una historia compleja “en fácil”, relacionada con las demandas feministas (por si acaso existieran todavía dudas). Una tarea que a poco andar nos hundió en el desánimo más absoluto, principalmente, porque el enfoque “cuanti” nos puede explicar cómo son las cosas, pero nada dice respecto del porqué han llegado a ser como son, ni qué significan esos fenómenos sociales para las personas en su trayectoria vital. Desechado el formato anterior, nos pusimos a escribir.

Mucho se ha dicho que el ingreso de la mujer al mundo del trabajo ha sido a ritmo cansino y solo cuestión de las últimas décadas, como también se ha dicho que la participación de las chilenas en el trabajo no alcanza el 50% y que se ubica bajo el promedio OCDE e incluso por debajo de la media latinoamericana. Solemos oír a menudo sobre propuestas para facilitar el ingreso de la mujer al ámbito laboral y reducir su cesantía, que a nivel nacional alcanza el 7,2%, tanto como se ha dicho que la informalidad laboral de la mujer constituye un 31,9%.

También sabemos que el promedio de ingresos de las mujeres equivale al 70,7% del ingreso percibido por los trabajadores, y que por tanto tenemos menor acceso a los bienes y una menor contribución al ahorro previsional individual. Si a eso le sumamos que “jubilamos antes” y “vivimos más”, ya podemos hacernos una idea de qué va la cosa al término de nuestra precaria vida laboral, en la que sólo un 37% de las mujeres que se acogen a la jubilación han aportado más de 20 años a su cuenta de capitalización individual, y la aplastante mayoría sobrevive con pensiones muy por debajo del mini salario mínimo de Chile. Pensiones que deben complementarse con aportes del Estado y que todavía así resultan insuficientes para la sobrevivencia, lo que explicaría el explosivo aumento en el endeudamiento en dicho rango etario, según lo registrado en las últimas mediciones oficiales.

También hemos leído u oído en muchas ocasiones que el ingreso de la mujer al mundo del trabajo ha ido provocando cambios en la estructura social, que el número de hogares con jefa se elevó al 41,6% en el proceso censal de 2017, y que del total de hogares monoparentales (también en ascenso)  el 85% tienen jefas, y sabemos –además- que estamos trayendo menos hijos o no trayendo ninguno, y que la población envejece.

La cuestión es que números más o menos, estos solo son una mera representación de la discriminación de la que las mujeres somos objeto, pero no dan cuenta ni por asomo sobre la opresión, esa que nos quiere bien, pero como ciudadanas de segunda.

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Lo que no dicen los “datos duros”, lo que no muestran las “fotos del momento” es que las mujeres hemos trabajado siempre. Trabajamos desde la más tierna infancia y lo haremos hasta la muerte. Trabajamos desde que nos cuelgan un fular y nos ponen a cuidar muñequitas, a hacer comiditas y jugar a las tacitas, y trabajamos cuando apoyamos a mamá en la realización de las tareas del hogar. Ese trabajo que llaman convenientemente “amor de mujer” y “amor de madre” –un “bien escaso” que solo alcanza para su uso (y abuso) en la esfera privada y doméstica- es un trabajo que no termina, que no se ve, que no cuenta, que no vale, que nadie paga, pero que sin embargo asegura nada más y nada menos que la reproducción biológica y social de toda una civilización orientada a rendir culto al hombre económico y a su “afán de lucro”, a la explotación de las riquezas, a la producción, al consumo desbocado y al crecimiento constante, sostenido, hasta el infinito y más allá, en un planeta con recursos finitos.

Eso que llaman “amor de mujer” y “amor de madre” -fruto de una educación sexista- es Trabajo Reproductivo y de Cuidados que el patriarcado capitalista (si, aunque cause urticaria) no valora. Es un trabajo que no se elude al decidir no traer hijos al mundo, ni termina con el nido vacío, sino que se extenderá al apoyo en el cuidado de los nietos y seguirá con las adultas mayores (por la feminización de la vejez) que requieran cuidados permanentes debido principalmente al aumento del número de personas con enfermedades no transmisibles como las demencias. ¿Cuáles son los servicios que el Estado subsidiario tiene disponibles para atender la crisis del cuidado? ¿Cuál es su cobertura? ¿Qué costos tiene el acceso a estos servicios en el ámbito privado? Una vez más se apela a la autogestión de las familias y al infinito, sacrificado y siempre mártir “amor de mujer y de madre”: en Chile, El 86,5% de los cuidados de personas dependientes lo ejercen mujeres invisibilizadas y empobrecidas.

Eso que llaman “amor de mujer” y “amor de madre” junto a toda esa construcción sexista del “instinto materno” y el “amor romántico”, se utilizan majaderamente inclusive para poner en duda nuestra calidad de personas y sujetos de derechos, invadiendo nuestra esfera más íntima y atentando contra nuestra autonomía personal, nuestra corporalidad de mujer y nuestros proyectos vitales. Conculcándonos el legítimo derecho sexual y reproductivo de decidir si parir o no, cuántas veces parir y con qué espaciamiento parir, sin más causal que lo que emerja desde lo volitivo de las mujeres como ocurre en todo el mundo civilizado hace décadas.

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Esa construcción sexista genera una retórica que nos constriñe a parir a todo evento, a la “buena de dios” y “a la cochiguagua”, aunque no lo deseemos, aunque no hayamos desarrollado competencias mínimas para criar con respeto. Aunque no tengamos un mango en los bolsillos y aunque el Estado Chileno sea subsidiario, que es lo más parecido a un padre ausente, pero exigente y castigador, y así es como nos va: en nuestro país maltratamos al 73,6% de los niños y niñas y somos cuartos en suicidios adolescentes. Si nosotras somos ciudadanas de segunda, nuestra infancia y adolescencia lo son de cuarta.

A la luz de estos antecedentes y en pleno siglo XXI, es menester preguntarnos a cuál lógica responde que los expertos problematicen respecto de la necesidad de que las mujeres con niños pequeños -cual ejército de reservistas- salgan a “ganarse la vida” incorporándose el trabajo productivo en peores condiciones que los trabajadores masculinos, para que a sus hijos se los terminen cuidando otros -o más bien dicho otras- en condiciones laborales tan o más precarias que las de la nueva madre, como por ejemplo las nanas, educadoras de párvulos o profesoras, o no remuneradas de modo alguno, como las abuelitas.

Cabe preguntarse a qué lógica responde que el Código Laboral imponga costos de contratación diferenciados por sexo -asociados a la maternidad-, que se traducen en alta inactividad, informalidad, brecha salarial, lagunas previsionales y desempleo para las mujeres.

Cabe preguntarse ¿qué es lo que hace posible que las masculinidades tengan un mayor desarrollo profesional, mejores condiciones económicas, que alcancen mayor prestigio social, mayor calidad de vida, y como si todo eso fuera poco, una familia y un hogar? Lo que lo hace posible es el Trabajo de Cuidados que en una abrumadora mayoría de las veces hacemos las mujeres. Así, obviando este pequeño gran detalle resulta mucho más fácil y convincente hablar de capacidades y méritos.

Cabe preguntarnos, por último, ¿a qué lógica responden políticas sociales como la entrega del Bono por hijo, al que se accede sólo si además has cotizado como trabajadora en lo productivo, que se paga en cuotas y que como mala broma suprime otros beneficios como la Cuota Mortuoria si no formas parte de las pensionadas más pobres entre las pobres?

Pareciera ser que a las mujeres se nos machaca desde siempre la responsabilidad del autocuidado, el cuidado de los otros y de los entornos, y encima se nos castiga por haberlo aprendido muy bien.

Por las abuelas, por las madres, por las tías, por las amigas, por las sobrinas, por una misma  y por todas las compañeras

¡La huelga  feminista va!

 

Por Daniela Bruna

8 marzo, 2019

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