Opinión

Sabiduría Oriental

Contact Person Jorge Mittelman

20/02/2019


En el reputado “Almanaque Universal del Disparate” (Editorial Curanto, Dalcahue, sin fecha) se lee que un abedul inteligente crece en las copiosas laderas del Indostán, expuesto al rigor de los ciclones, pero al amparo de las fieras voraces. Cuando éstas se le acercan, el abedul las muerde con hojas desdentadas; pero si las bestias se alejan, el abedul las corteja dejando caer sus hojas como pañuelos de seda. Cuando algún tigre galante las recoge, el abedul le asesta un zarpazo sobre la cerviz, abatiéndola definitivamente. Moraleja: nadie sabe para quién trabaja.

Numerosas son las anécdotas que proliferan en torno de este árbol sagrado. Algunos le atribuyen la dudosa potestad de anticipar el futuro; otros, la más modesta de predecir el pasado. Se cuenta que los sabios le formulan preguntas y el abedul las responde a su manera, ora inclinando sus hojas, ora agitando sus ramas. Tan pronto se dilata como un pulpo, tan pronto se contrae hasta desaparecer del todo, replegándose sobre su tronco o encogido en su fronda como felino rampante, a punto de atrapar su presa. En ocasiones se le ha visto ejecutar una danza con las raíces al aire, brincando a diestra y siniestra o rotando sobre su propio eje.

El Yogi Namaranda de Quilpué tomó a este árbol por un dios y solía frecuentarlo con los pies desnudos y el alma enrarecida por los vapores del opio. En más de una ocasión tuvo el coraje de treparse por sus ramas y escalar la copa de melena ondulante. El abedul se encabritaba como toro salvaje, pero gradualmente toleraba a este jinete enjuto, de levedad casi imponderable. Perdido en lo más hondo de su fronda, el Yogi lo escuchaba respirar, escrutaba el pulso de la savia y se echaba a dormir muy regaladamente. Las ásperas ramas de la arboladura le parecieron mullidos almohadones de pluma, comparadas con los rigores de su lecho de faquir.

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Podía el Yogi Namaranda dormir días enteros. En una ocasión soñó que dormitaba reclinado en la mullida arboladura de un abedul sagrado. Cuando despertó, comprobó que aún dormía, pues seguía reclinado en la mullida arboladura de un abedul sagrado: el sueño y la vigilia se le habían vuelto indiscernibles. De ello dedujo que ya no cerraría nunca más los ojos, pues para soñar bastaba mantenerlos abiertos.

Hasta que un día un peregrino sin nombre, venido de muy lejos, se allegó al abedul y formuló por fin la pregunta inflamable:

“¿Es posible acampar en la zona, o se requiere autorización municipal?”.

Al instante, el árbol tomó fuego, y en su repentina combustión sucumbió también el Yogi, extraviando el camino en la humareda y confundiendo para siempre su osamenta con las ramas calcinadas del árbol sacrosanto. Poco antes de expirar, empero, tuvo el tiempo de hilvanar una última reflexión, a modo de moraleja para periodistas: las preguntas más inofensivas pueden ser letales.

20 febrero, 2019

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