Política

Editorial de Fernando Paulsen: El “jueguito” del voto secreto en la Cámara

20 marzo, 2019


Debe haber sido una de las elecciones de autoridades de la Cámara Baja más extrañas desde el retorno a la democracia, por varias razones. Una, porque muchas de las personas que probablemente reclaman contra el voto secreto, es decir, que la ciudadanía no conozca cómo votan los diputados por sus propias autoridades, es algo que ya a estas alturas no resiste ningún tipo de criterio, de explicación razonable. Es la última instancia donde todavía hay voto secreto para que las personas no sepan, para que los electores que votaron por ellos no sepan cómo sus autoridades escogen a aquellos que van a liderar la Cámara de Diputados.

El Senado ya eliminó el voto secreto para escoger a quienes componen la testera de esa Cámara Alta, sin embargo, en la Cámara Baja sigue. Y lo más curioso de todo es que, probablemente, tres o cuatro de los diputados que votaron en primera vuelta por Jaime Bellolio, alguien que no tenía que ver con sus posturas, se ampararon en ese voto secreto para poder hacer ese juego de transmitirle a la oposición que sus votos contaban muchísimo más que la suma de sus diputados individuales.

Necesitaron ampararse en el secreto para poder votar por Jaime Bellolio primero y, posteriormente, abstenerse en la segunda vuelta, cuando los votos de la oposición iban a estar de todas maneras en situación mayoritaria. Y ahí está una de las claves de lo que pasó ayer. Un tremendo testimonio respecto de cómo la oposición no puede aglutinarse, no puede coordinarse. Se desarma y fracciona, como se vio en la primera vuelta. Esto se basa en que aquellos parlamentarios que votaron por un adversario en primera instancia, están protegidos porque al ser el voto secreto no se sabe quiénes lo hicieron y, por lo tanto, pueden decir que nunca estuvieron en esa instancia de hacer un juego testimonial, para dar la sensación de que sin sus votos era imposible que la oposición ganara.

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El voto secreto tiene sus ciertas razones y tiene su valor, particularmente, cuando se trata de determinadas materias que tienen que ver con contenidos. El voto secreto, para que los electores no sepan cómo votó un diputado o un senador, de pronto puede tener sentido cuando estamos hablando de temas muy sensibles como la seguridad nacional o algo más que requiera un sigilo especial, para la protección del Estado. Pero no tienen ningún sentido, cero sentido, para algo que es trivial y que consiste en elegir a quienes encabezan la testera de la Cámara de Diputados. ¿Por qué habría de estar escondida esa información a los ojos del elector, a la hora de que se sepa si es que aquel diputado votó por uno de los propios o votó por alguien de la oposición o del adversario, o se abstuvo? ¿Cuál es la razón tan importante, tan trascendental para que esa votación sea secreta?

Ninguna. Pero ayer permitió una serie de jueguitos de cabros chicos. En una primera instancia tres o cuatro de la actual oposición votaron por alguien a quien detestarían que hubiese, efectivamente, sido el presidente de la Cámara Alta, porque es el adversario político, en este caso Jaime Bellolio. Y lo hicieron para mandar un mensaje, para transmitir al resto de la oposición que sus votos podían ser una amenaza. Sus votos en alguna eventualidad podrían ser tan trascendentales como para que fueran más apreciados, cuidados, regaloneados. Y eso se amparó en que nadie sepa quiénes fueron los que votaron.

No me parece que a estas alturas del partido, cuando hay una transparencia casi absoluta en materia de cómo votan los diputados en la Cámara Baja y cómo votan los senadores en la Cámara Alta, todavía exista un resabio de privilegio absurdo para ocultarle a los electores algo tan importante como la forma en que quienes ellos escogieron para que los representaran, grafica o no grafica su coherencia o consecuencia con respecto a lo que dice o hace.

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Fue una votación curiosa. Y pasó. Es de esperar que sea la última con voto secreto en la Cámara Baja y es de esperar que la política chilena deje de ser ese cobijo de triquiñuelas, de jueguitos y chispezas, que lo único que hace es señalar a los electores, que son los que importan, para quienes ellos trabajan y quienes les pagan, que priven de su interés la forma en que ellos efectivamente llevan el mandato que la gente les dio, cuando los puso en ese lugar de privilegio.

20 marzo, 2019

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