Entrevista

Ninoska Pailacura, la mujer que dejó todo por amor a los hijos de Macarena Valdés

15 abril, 2019


“Lo hago por Macarena, porque es super injusto que la hayan matado, que le quiten la posibilidad de ver a sus niños crecer y de que a ellos les quiten la posibilidad de ver a su mamá todos los días”.


Ninoska Pailacura comparte un mate con Rubén Collio mientras lo escucha hablar sobre la muerte de su ex esposa, Macarena Valdés. Ninoska está atenta, aunque ya conoce todos los detalles, dice que sigue aprendiendo a medida que lo escucha hablar. Ambos, junto a los cuatro hijos que Macarena tuvo con Rubén, llegaron el jueves de la primera semana de abril a Santiago.

Ya es martes y a Rubén le espera el décimo conversatorio que Ninoska le programó durante la semana que estarán en la capital. Al jueves siguiente ya habrán vuelto a la montaña, en Tranguil. Por el momento, alojan en el Centro Cultural Folilche Aflaiai, cerca del metro Grecia.

Mientras Rubén relata las irregularidades que han marcado el proceso investigativo de la muerte de Macarena, Ninoska prepara el almuerzo. Rubén compró todos los ingredientes para hacer tallarines, pero reconoce que cocina poco y nada. En su concepción mapuche, hombre y mujer tienen distintos roles que se complementan, como cortar leña y cocinar, la mujer siempre es quien cocina.

De hecho, así se conocieron. Corría el año 2017, cuando Ninoska comenzó a participar en un grupo de mujeres mapuche que acudía a la casa de los Collio-Valdés, para ayudar a Rubén con los quehaceres domésticos, mientras él trabajaba haciendo joyas de plata. Entre idas y venidas, Ninoska fue aumentando la frecuencia de sus visitas e incluso perdió su trabajo por cuidar a los hijos de Macarena.

“Terminamos queriéndonos”, dice Rubén.

La lucha es por amor

Ninoska siempre tuvo clara su raíz mapuche, sin embargo, no había sentido la necesidad de conectarse con sus orígenes. Nació en Villarrica y allí estudió Servicios Hoteleros. Vivió un tiempo en Santiago y después en La Serena, hasta que un amigo la invitó a un trawun que se realizó en la casa de Rubén a fines del año 2016, y conoció la historia de Macarena y vio la tristeza de sus hijos. Aunque en ese momento no habló con nadie de la familia.

Al año siguiente, cuando ya se conocían y terminó perdiendo su trabajo por cuidar a los cuatro niños, decidió formalizar su relación con Rubén y vivir con ellos en la casa de Tranguil. Con solo 24 años, se transformó en la íntima compañera de los cuatro hijos que Macarena dejó tras su muerte.

“Siempre les he dejado claro que no voy a reemplazar a su mamá, ellos tienen una y Rubén me cuenta que Macarena fue una excelente madre y gran compañera, y yo respeto mucho eso, por eso también me hice parte de esta lucha”, asegura Ninoska.

En octubre de 2016 y apoyado por tres abogadas, Rubén puso una querella para que se reconozca como asesinato la muerte de Macarena, decisión que los ha llevado a recorrer todo Chile difundiendo la causa de su madre y esposa. Desde ese momento, Ninoska acompaña a la familia de Macarena a donde sea que vayan.

“La lucha es por amor también. Cuando tomé la decisión, fue porque yo quería, porque creía que era lo justo y necesario. Sentí la necesidad de hacerme parte de su lucha, la encontré tan noble y tan justa, y me quedé ahí. Me hice parte de ellos”, explica. “Tengo una discordancia con la obra de teatro Trewa, que están mostrando en el Teatro UC y que está inspirada en el caso de Macarena, porque dice que yo la conocí personalmente y no fue así”, puntualiza.

Con pies descalzos

Después de almorzar, los niños retiran los platos de la mesa y se van a sus piezas. A las tres y media de la tarde, a Rubén lo esperan en la Universidad de Santiago para realizar el décimo conversatorio de su viaje. Ninoska lo apura para que no lleguen atrasados, mientras termina de ponerse sus ornamentas mapuche. Fiel a sus raíces, se pasea por Santiago con sus pies descalzos.

Sentada en unos escalones que dan hacia el patio de los naranjos de la Usach, Ninoska recuerda que las primeras veces que vio a los hijos de Macarena, los vio muy tristes. Sobre todo al menor que ahora tiene cuatro años.
“Cuando Macarena murió, el más pequeño presenció lo que pasó. Cuando lo conocí solo hablaba en mapudungun con Rubén y no dejaba que nadie lo tocara. Además, tenía la costumbre de amarrar las manos de sus muñecos y cubrirles la cabeza, que nos han dicho son conductas post traumáticas. Un día nos dejó helados, estábamos tomando once, se paró y dijo: entraron tres y la mataron. Yo me acerqué a él y le pregunté qué estaba pensando, porque nunca le hemos dicho directamente que su madre fue asesinada”, cuenta Ninoska.

Me miró y dijo: la llamaron por teléfono y después entraron”, relata. “He pasado por muchas situaciones para las cuales yo no estaba tan preparada. A veces me da susto pensar que cuando crezca me va a recriminar no haberle dicho la verdad antes, creo que eso le corresponde a Rubén. En este momento me fortalece ver cómo están creciendo y que ahora se acuerdan de la Maca con alegría”, relata.

“Lo hago por Macarena, porque es super injusto que la hayan matado, que le quiten la posibilidad de ver a sus niños crecer y de que a ellos les quiten la posibilidad de ver a su mamá todos los días”, enfatiza.

Los fríos escalones y la brisa helada parecieran no tocar a Ninoska, tampoco a sus pies descalzos. Con la mirada en el cielo y sus manos entrelazadas, recuerda que al principio su familia no la apoyó en su decisión. “Tenían miedo de que me pasara algo. Pero yo siempre le decía a mi mamá: yo no tengo miedo, si tengo que morir en algún momento, que sea luchando, apoyando una causa justa”, enfatiza. “Ahora están contentos, mi mamá quiere a los niños como si fueran sus nietos, no hace diferencias. A Rubén también lo quieren mucho, siempre nos apoyan y cuando necesitamos alojamiento, prefieren que nos quedemos con ellos en Villarrica”, comenta.

Ninoska dice que no se siente bajo la sombra de Macarena, y que su fortaleza viene desde el amor. “Antiguamente los y las mapuche no eran monógamos, si un hombre tenía dos esposas, entre las dos criaban a los niños. A mí me hace mucho sentido el hecho de estar con ellos ahora, yo no voy a ser menos porque ellos no son mis hijos. Por el contrario, me siento super orgullosa de estar ahí apoyando, y dándole cariño y amor a los niños, de explicarles todos los días quién era su mamá. Los amo como si fueran mis hijos”, dice Ninoska, mientras sonríe.

Su decisión de acompañarlos no decaerá hasta que haya justicia. “Si en algún momento tengo que dar mi vida por los hijos de Rubén y Macarena, lo voy a hacer. Ellos tienen el derecho de vivir y crecer. Me sentí super completa al momento de llegar a esa casa, que en un principio estaba llena de tristeza. Me tocó verlos llorar en las noches porque no sabían en dónde estaba su mamá. El menor ve sus fotos y me dice, ¿vamos a buscar a mi ñuke (mamá)? y yo, ¿cómo le digo que ella no se quiso ir? Es super fuerte emocionalmente”, lamenta.

Las redes sociales de Ninoska son un manifiesto de la causa por Macarena. El primero de febrero de este año, publicó una foto de la activista junto a una dedicatoria:

“Se me parte el corazón ver a tus hijos llorar, qué puedo hacer para que ya no tengan más pena, ¿qué le digo al más pequeño cuando me pregunta cuándo va a volver su ñuke (mamá)? o porque te fuiste, como explicarle que nunca quisiste dejarlos. O cómo pedirle al que es un poco más grande que no llore, si yo que soy adulta lloro por dentro al verlos tristes, ojala tuviera una varita mágica y pudiera devolverles a su madre, devolverles su sonrisitas esas que jamás debieron apagarles. Porque no es justo que te hayan arrebatado el derecho de verlos crecer. Sé que de donde estés los miras correr, ríen a ratos pero siempre te recuerdan con mucho amor (…) ¡No descansaremos hasta encontrar esa tan anhelada justicia! ¡Yo no te olvido!”.

15 abril, 2019

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