Sociedad

Vivir 80 años en Isla Maillen

21 agosto, 2019


Doña Rosa vive hace más de ochenta años en la Isla Maillen. En su pelo se ha posado la blancura de la nieve y en su cara las arrugas han dibujado la ternura y crudeza de los años. La vida es dura, pero bajo ningún motivo abandonaría su pequeña isla.

—»Afuera todo va muy rápido», dice.

En la isla no se sabe de apuros, está a cuarenta minutos a bordo de una fría y agrietada lancha que parte desde Puerto Montt y solo hay dos viajes al día entre isla y ciudad. A las siete de la mañana parte y a las cuatro de la tarde vuelve, ni un minuto más, ni uno menos.

Hace tiempo el gobierno les promete a los isleños un transbordador que pueda cargar con autos y varios viajes al día, pero recién comenzaron la construcción. No hay posibilidad de que se habilite en septiembre, como les habían prometido. Doña Rosa no se hace problema. Su delgadez que podría desvanecerse en el viento, pareciera ausentarla del ruidoso frío que se confunde entre los árboles con el sonido de la lluvia y los ventarrones.

—»Ponte el gorro antes de salir», le insiste uno de sus hijos que está de visita.

A regañadientes doña Rosa se abriga y dice que no tiene frío. No hay a quién le haga caso, no necesita instrucciones. Vive sola con sus gatos, gallinas y terneros en un largo y ancho terreno verde. Su esposo murió hace algunos años y sus hijos decidieron emigrar hacia Argentina, Santiago y Puerto Montt. Por más que traten de convencerla no pasa noche alguna fuera de la isla, de ida y vuelta todas las veces, así llueva o truene.

Su casa de escasa altura, está hecha a su medida, al igual que los muebles, pequeña como una pepita de ají, pero intensa. Sobre el lavaplatos yace un pollo que crió desde pequeño. Ya está desplumado y dice que la técnica está en dejarlo reposar en agua bien caliente para que sea más fácil dejarlo en cueros. Prende el fogón de la cocina y termina de quemar los últimos pelos del descuerado animal.

Fotografía: Israel Acevedo

Mientras lo destripa, cuenta que es un regalo para su hijo que está de visita, al otro día lo acompañará a su casa en Puerto Montt y ese será el almuerzo. Doña Rosa no para en sus quehaceres, aunque la noche ya cayó y el frío se posó en todos los rincones de la casa. El cuchillo favorito para el destripe ya está desgastado y no va tan rápido como de costumbre, así que lo afila en un fierro de su cocina a leña y vuelve decidida a cortar el pescuezo del regalo familiar.

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Las calles de la isla son oscuras, aunque para la doña y su hijo, están muy iluminadas en comparación a cincuenta años atrás. Algunos tramos tienen focos de luz que se interrumpen entre las subidas y bajadas del cerro que da pies a la isla, pero la negrura del horizonte es más intensa.

El mate es fundamental para pasar el frío e intentar recordar cuándo llegó la luz a Maillen.

—»En el año 60″, dice doña Rosa.

—»No mamá, ese año fue el terremoto», le responde el hijo.

En esos tiempos doña Rosa vivía sus treintas y recuerda el terremoto cada vez que ve las grietas en el suelo que dejó y que con el tiempo se llenaron de pasto.

—»Bueno, no sé, es que me confundo», dice doña Rosa entre risas y cara de vergüenza.

Entre cálculos con los dedos, la luz llegó a la isla después del año 1995, antes las velas y el fuego iluminaban las noches isleñas. Entre recuerdos, doña Rosa dice que la isla ha cambiado, ahora es difícil encontrar leña. Hace treinta años hicieron plantaciones masivas de Eucaliptus y con ellas se fueron el agua y gran parte de la vegetación de la isla.

—»Es mejor visitar la isla en verano porque ahora hace mucho calor. Años atrás la máxima era de 23° más o menos y el último verano llegamos a 35°. Aunque estemos lejos, la sequía también la estamos viviendo», se lamenta.

En las noches, la televisión es su mejor compañía, primero teleseries y después las noticias. En la pantalla aparece que la policía detuvo a un supuesto terrorista en Puente Alto, pero en la casa nadie lo cree y miran con sospecha los bombazos. Además, en la isla no hay ninguna caseta de Carabineros y no han tenido opciones cuando han entrado a robar a las casas.

—»Mañana a las 5.30 me levanto para que vamos a Puerto Montt», dice corajuda doña Rosa. Al hijo no le parece ninguna gracia con los dos grados que habrá a esa hora. Pero la doña manda.

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A las seis y media de la mañana doña Rosa debe esperar a que la única micro que recorre la isla pase a buscarla. Aún está de noche y el frío, como pequeñas agujas, penetra cada centímetro del cuerpo. Pero ella sigue sin querer usar gorro.

—»Mamá, ponte el gorro», insiste el hijo. Aunque no con demasiado entusiasmo, sabe que si la doña se enoja, el lío será mayor. Doña Rosa se pone el gorro y queda en silencio, profundo silencio. A lo lejos se escucha que viene el bus, entre sonidos de metal destartalado y cumbia a todo dar. El viaje cuesta $300 y el recorrido en lancha a Puerto Montt $1.500.

—»Aquí es bien barato, allá en Santiago con esa plata no da ni para medio viaje», dice doña Rosa. Por $300 puede recorrer completa la isla de 154 km2.

El camino hacia la lancha es un puente de metal que se mueve con las ondas de las olas. Doña Rosa camina apurada con un bolso rojo colgando y una canasta de mimbre con huevos de sus gallinas. El viaje en lancha es de frío austral. Doña Rosa se esconde en la cabina y se sienta al lado de una pequeña estufa a gas que está sujeta a una enclenque base de madera.

Los vidrios van empañados y el viaje parece eterno en el frío mar. A penas puestos los pies en la tierra, doña Rosa busca a su casero en el mercado de Angelmó para vender los huevos que llevó. Si los huevos de campo son apetecidos, los de isla aún más, así que los vendió todos.

Después del éxito en los negocios, llega el hambre. El milcao y las tortillas con chicharrones son la clave para vivir muchos años en el sur, aunque esta vez la cafetería aún está cerrada. Resignada hace caso a su hijo y toma el colectivo para ir a desayunar a su casa.

Poco pan y mucho mate. Aunque lo primero fue desabrigarse lo más que pudo. Doña Rosa está apurada, no quiere contar, pero dice que tiene muchas cosas que hacer. Apenas termina el desayuno, no escucha a nadie de los que le dicen que espere a que haga menos frío y parte en colectivo al centro. Los trámites y negocios no esperan, el tiempo corre y la lancha partirá en seis horas más.

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21 agosto, 2019

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